Cuando el portazo sonó, me levanté y fui
detrás de James. Lo único que se me ocurrió fue hablarle a través de la puerta:
-¡Oh, vamos James! No te enfades. Solo estaba
bromeando.
No hubo respuesta.
-¡James! Si no abres la puerta ahora mismo,
planto aquí el campamento y hasta que no salgas no me voy. No querrás que una
mujer embarazada tenga que dormir en el suelo, ¿Verdad?
Ni una sola palabra salió de la habitación.
-Bueno, te dejo con tu monumental cabreo por
una tontería. Tengo que hacer muchas cosas, como… Dar con el padre de esta
criaturita, encontrarle un buen nombre y comprarle ropita por internet. Que
duermas bien.
Me alejé de la puerta y exagerando los pasos
de mi camino llegué hasta el sofá. Antes de que me hubiera sentado, James ya
estaba junto a mí, con el portátil bajo el brazo. Nos acurrucamos en el
asiento.
-Lo primero es lo primero, dijo James, ¿De
cuánto estás?
-De un mes.
-De acuerdo, dame tu móvil.
Se lo tendí y en un documento de Word, empezó
a anotar los nombres y números de teléfono de todos mis ligues.
-Esto es lo que vamos a hacer, me informó
cual coronel, vas a llamar a todos tus pretendientes y a preguntarles si usasteis
protección.
Comenzamos por Alberto y seguimos
alfabéticamente, tachando todo aquel que no parecía sospechoso. Me sorprendió
que muchos de esos hombres estuvieran casados, prometidos o en una relación,
por informal que pareciera. Tendría que haberme informado mejor, ahora que me
detenía a pensarlo. Cuando llegamos a la letra M, tras Manuel, Mauricio y
Miguel, encontré un nombre que me resultaba muy familiar: Mirio. Peculiar nombre.
Marqué el número que James me indicó.
-¿Dígame?, se oyó del otro lado del teléfono.
Era una voz de mujer, que ya había disfrutado de sus mejores años. Sonaba
cansada y bastante triste.
-Hola, buenas noches, saludé, querría hablar
con Mirio, por favor.
-¿De parte de quién?
-Me llamo Circe.
-¡Oh, Dios bendito! ¿Circe, la pequeña Circe?
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