domingo, 30 de septiembre de 2012

Capítulo 8: Sabotage


Ya eran casi las ocho y me estaba arreglando para la cena con mis padres. Me puse un vestido negro por las rodillas, bastante sencillo y unos zapatos de tacón tan altos que casi era de la misma estatura que James. Me senté junto a mi amigo en el sofá y empezamos a ver el partido de baloncesto hasta que mis padres llegaran.

-¿Te vienes a cenar?, le propuse.

-Lo siento, he quedado con José.

-Por eso odio a los novios, te quitan a tu mejor amigo en un abrir y cerrar de ojos.

-Parece que alguien está celosa.

-¡No estoy celosa! Sólo digo que el amor ahora va a ocuparte más tiempo del que quisiera.

-Eso son celos, tras esa frase le fulminé con la mirada. Anda, dame un besito, me pidió como si se tratara de un niño.

-Pídeselo a tu novio, le respondí poniendo hocico de pato.

En ese momento llamaron a la puerta.

-Será mi madre, proclamé.

Cuando abrí, tan sólo me fijé en unos preciosos y enormes ojos verdes.

-Hola, saludé tendiéndole la mano. Soy Circe, la mejor amiga de James, así como su compañera de piso y la persona más importante de su vida. Y tú debes de ser José.

-Encantado, se limitó a decir.

James nos alcanzó y tras darle un beso a su novio, me susurró al oído:

-¡No le traumatices!

Una sonrisa pícara se trazó en mi rostro. ¿Traumatizarle? Buena idea. No acomodamos en el sofá, de modo a que yo estuviera en medio.

-Bueno, Circe, James me ha hablado mucho de ti.

-¿Enserio? James eres un encanto, pero si soy el tema de vuestras conversaciones es que hay un problema ¿No creéis?

James me lanzó una mirada asesina que hizo que me estremeciera un poco pero, volví en mí cuando recordé mi propósito.

-Circe, ¿No habías quedado con tus padres?, me preguntó James con el fin de que me fuera.

-No te preocupes, mi madre vendrá a recogerme. Hasta entonces disfrutaréis de mi compañía. Por cierto José, a propósito de hablar, James apenas me ha hablado de ti. Es más, sé tu nombre porque habéis notificado que estáis juntos en Facebook.

-¡Qué dices!, exclamó James, luego se volvió a José, te juro que le he hablado de ti.

En ese momento, un mareo me invadió. Salí corriendo hacia el baño y empecé a vomitar. Me empezaba a temer lo peor.

Capítulo 7: ¿Hogar dulce hogar?


Crucé la puerta. Hogar dulce hogar. En el aire tan sólo se respiraba tranquilidad. Eso era muy extraño en esta casa. Sí, era muy extraño… Como si faltara algo.

-¡James! ¡James!, no había respuesta.

Me dirigí hasta su habitación y abrí la puerta mientras decía su nombre.

-James…

En ese momento, algo se movía debajo de la sabana de la cama de James y se oían risitas. Cerré la puerta de golpe con la esperanza de que no me hubieran oído y me fui silenciosamente hasta mi cuarto. Allí me tumbé en la cama y comencé a reírme tontamente. Mis tripas rugieron como esta mañana: el hambre me volvió a invadir. Fui a la cocina, cogí la tortilla que sobró anoche y comencé a comérmela casi con ansia. La puerta del cuarto de mi compañero de piso se abrió y salió, junto a él, un hombre un poco más bajo, moreno y con unos impactantes ojos verdes. Se despidieron con un apasionado beso. Acto seguido James se puso a mi lado y empezó a picotear de mi comida, en contra de mi voluntad.

-¿Quién era ese hombretón? Estaba para comérselo y repetir, le dije exagerando la última frase.

-¿Es que no te conformas con los heteros que ahora vas a por el novio de tu mejor amigo?

-¡Un momento! ¡Has dicho novio! Cuenta que me tienes al margen de tu vida.

Se sentó en la encimera, acomodándose.

-Se llama José y llevamos un tiempo saliendo, me informó sonriendo.

-Me alegro mucho por ti.

Me miró con expresión sorprendida.

-¿Quién te ha lavado el cerebro?

-¿Disculpa?

-¿Dónde está la chica que estaba totalmente en contra de las relaciones y maldecía a las personas que sólo habían practicado el sexo entre ellas?

-¡Oh, por Dios! Déjame, estoy intentando comer. Y por cierto, si no fuera por mí, todas esas cosas que le estabas haciendo a tu novio ahí dentro no las sabrías hacer.

-Ah, es verdad, tú me sacaste del armario, cuando me enseñaste tales cosas.

-Sí, y quiero pensar que saliste porque no eres lo suficientemente hombre para tanta mujer.

Su mirada tornó desafiante y me cogió, alzándome en su hombro y me lanzó contra el sofá. Luego empezó a hacerme cosquillas y se tumbó a mi lado.

-¿Dónde has estado esta noche? Me tenías preocupado.

-Lo siento, papá. La próxima vez llamaré, si no estoy muy borracha. Y, ahora, si me disculpas voy a echar el chocolate caliente.

Me dirigí a paso ligero al baño y vomité lo que tomé esa mañana. Tanto movimiento no era bueno para mí. James apareció detrás de mí y me sujetó el pelo.

-Gracias, le susurré.

-Como en el baile de fin de curso.

Cuando mi estómago volvió a quedar vacío, me lavé los dientes y me dirigí de nuevo a la cocina. James me había preparado una saludable ensalada. Qué asco, ni que fuera una vaca. Al principio me quejé pero luego me sentó tan bien que incluso se lo agradecí.

Capítulo 6: Desayuno con alumnos


Para dar quehacer a los alumnos, les puse un vídeo en Youtube. Por fin podría descansar un poco. Me acomodé en la silla de madera (que ya podrían haber puesto un sillón), puse los pies en la mesa y cerré los ojos. Pero no podía dormir, ni siquiera descansar, pues me moría de hambre. Mis tripas rugían por no tener alimento alguno desde el día anterior. Salí del aula, no sin antes pedir a los chicos que se comportaran y me dirigí a la clase de Adriana. La pillé in fraganti corrigiendo un ejercicio. La cogí del brazo pero ésta se resistió.

-No puedo dejar solos a mis alumnos, me previno. Y tú tampoco deberías.

-Por favor, si tienen ¿Cuántos? ¿Ocho años? A esa edad son más buenos que el pan. No van a hacer nada, a no ser que hayan visto Superman y les dé por tirarse por la ventana.

Viendo que mis palabras no la convencían, me decanté por señalar a un chico de la primera fila:

-Tú, si tú. Ven aquí.

Se acercó, situándose a mi lado.

-Corrige el ejercicio y si alguien habla o se comporta mal, apuntas su nombre en la pizarra.

Miré a la profesora.

-Todo solucionado, hala, vente.

La agarré del brazo y la llevé al pasillo.

-¿Se puede saber dónde estabas?, me preguntó.

-No en el entierro de mi padre, eso te lo aseguro.

-Lo siento, no se me ocurría nada más.

-Bueno, eso ahora no importa. Venía a pedirte dinero, me muero de hambre y todo lo que llevaba me lo he gastado en un taxi.

-¿Todo? ¿Pero de dónde vienes?

-De Alcobendas. Bueno, ¿Me dejas algo? Te lo devolveré.

De su bolsillo sacó diez euros y me los dio. La abracé en agradecimiento y me fui directa a la pequeña cafetería donde me cogí una taza de chocolate caliente y un bollo bastante grande. Después entré en clase con chocolate y bollo en mano y me senté en mi lugar.

-Carla, dije a una chica, léenos lo que has hecho.

La niña obedeció y, cuando hubo terminado, alguien hizo un comentario que provocó la risa de los de alrededor.

-¿De qué os reís?, les pregunté.

-De nada señora.

-Demasiado tarde, os he pillado.

Negaron con la cabeza, rehuyendo mi mirada.

-Venga, contadlo para que nos riamos todos, al no haber respuesta les advertí. Bueno, que no se repita u os envío al director ¿Está claro?

-Sí.

Todos los alumnos fueron leyendo lo que habían escrito mientras yo desayunaba. Cuando hubieron terminado les dejé salir pues la clase había llegado a su fin, al igual que mi chocolate. Salí del edificio y, con el dinero prestado que me sobró, cogí el metro hasta casa. Por fin.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Capítulo 5: El Derrame


-Bueno… Quiero decir que… ¡Rápido! ¡Necesitaba una excusa de inmediato! ¡Vamos, piensa!, la verdad es que hemos quedado para cenar, sí… en el hospital.

Su cara tornó sorprendida. Por favor, tenía que creérselo…

-Vaya, y ¿Qué le ha pasado para que esté ingresado?

-Pues resulta de que… Tuvo un derrame cerebral, esta mañana y… ya sabe… tuve que acompañarle para ver qué tal le iba y tal… además no le gustan los hospitales. Ya sabe, enfermeras, inyecciones, gérmenes por doquier…

-Ya veo… bueno, y ¿Qué tal se encuentra ahora?

-Ya está estable, dije embozando una sonrisa. Si me disculpa, tengo que ir a dar clase.

Me fui pitando al aula y allí estaban mis alumnos, más conocidos como el futuro de España: algunos estaban de pie sobre las mesas, otros gritando como si no hubiera mañana, dos metiéndose la lengua hasta la campanilla y unos cuantos tirando bolas de papel y escribiendo gilipolleces en la pizarra. Supongo que si fueran a ser los nuevos monos del zoo, estaría más tranquila. El macho alfa de la clase, por llamarlo de alguna forma, gritó:

-¡La profe ha llegado!

Mis alumnos se pusieron a aplaudir y entre silbidos y halagos llegué hasta mi mesa. Me senté pero los críos no hicieron lo mismo, siguieron con sus menesteres. Cogí mi bolso de fiesta y di un golpe en la mesa con él. Agradecí que fuera duro, porque si no mi móvil, así como otros objetos valiosos que llevaba quedarían destrozados. El sonido, por suerte, tuvo cierto impacto entre los monos de feria y se sentaron correctamente. Sus caras, de pronto, parecían angelicales y atentas. Me levanté de mi sitio y me puse frente a ellos. Algunas chicas, se quedaron mirando mis pies (he de admitirlo, mis zapatos de tacón alto eran, como poco, legendarios).

-¿Qué, te gustan?, le pregunté a la chica de la primera fila.

Ella se limitó a sonreír y a asentir.

-¡Y a mí también señora!, exclamó una de la última fila.

De repente un eco de “Y a mí” que provenían de voces femeninas se levantó e invadió toda la sala. Rogué silencio y a continuación dije:

-¿Queréis dar una clase sobre mis zapatos o una sobre sintaxis?

-¡De sintaxis, por favor!, rogó un chico.

-¡No! ¡No le haga caso, señora!, dijeron la mayoría a coro.

-Pues hoy no va a ser de ni uno ni lo otro, les informé. Había pensado en hacer un debate, sólo si hay silencio.

Algunos se entusiasmaron, otros resoplaron y los que quedaban, miraban las musarañas.

-Preferimos que nos cuente su vida, que es más interesante que el aborto, dijo la chica del fondo.

-Vaya, creo que es lo más bonito que me han dicho hoy, dije. Pero, no pienso hacerlo. Así que sacad una hoja.

-¡No! ¡Examen no!

- Tranquilos, no es un examen. Pero podría convertirse en uno si no hay silencio. Voy a poneros un video y quiero que elijáis una persona que aparezca y que os inventéis su vida. ¿Entendido?

No les di tiempo a quejarse y aunque lo hubieran hecho no les había hecho el más mínimo caso.

Capítulo 4: Marionetas


Ante la presión que ejercía sobre mí la constante mirada del taxista, le miré con una sonrisa ligeramente falsa para buscar el más mínimo ápice de humanidad (A parte de la del olor del taxi) para que me perdonara los dos míseros euros que me faltaban. Puso los ojos en blanco y cogió el dinero que sostenía en la mano.

-No te vas a librar de mí tan fácilmente, me informó, pienso cobrarte lo que todavía me debes.

-Vale, respondí, indiferente. Me parecía un poco injusto para él: no iba a volver a verle nunca.

El conductor siguió su camino. Cuando miré la entrada del edificio estaba vacía. Miré a los tres tontos que aún quedaban a mi lado y les advertí:

-¿Qué demonios hacéis que no estáis en clase? Ale, andando.

Me miraron confundidos.

-Pero si usted está aún aquí.

-Eso no viene a cuento, yo soy la profesora y tengo derecho a llegar tarde. En cambio vosotros sólo sois marionetas del colegio que tienen que llegar a su hora. Así que a clase u os expulso.

Se quedaron atónitos y se quejaron en voz baja, pero conseguí que me dejaran en paz.

Me dirigí a la sala de profesores para asegurar mi llegada y que no me descontaran este día en el sueldo. Pero el director tenía ganas de charla y no parecía de muy buen humor como me dijo Adriana. ¡Por Dios que no me despidan! Aunque un movimiento inesperado me pilló por sorpresa: me puso la mano en el hombro.

-¿Qué tal está tu madre?, me preguntó.

¿Mi madre? ¿Qué le pasaba a mi madre? Un momento… Adriana. Esa chica no sabe mentir y menos aún inventarse una buena excusa por mi desaparición durante la mañana. Tenía que averiguar qué le había dicho, pero como estaba en clase no pude preguntarle. Tan sólo podía hacer una cosa: seguirle la corriente.

-Mejor, dije con un aire triste.

-Sé que es muy duro, pero tienes que superarlo. Tenía que pasar tarde o temprano. Si quieres tómate el día libre, yo te sustituiré.

Vale, esto no me gustaba nada. Pero nada de nada. ¿Tarde o temprano? Eso sonaba a…

-Disculpe, pero ¿Qué le ha dicho Adriana?, me atreví a preguntar.

-Pues que tu padre ha… bueno ya sabes…

-Alto, alto, alto, alto… Mi padre no ha muerto, me apresuré a decir, es más, voy a cenar con él esta noche.

-Que no está… Entonces, ¿Por qué no has aparecido esta mañana?

Me quedé paralizada. No sabía qué decir. Ya me advirtió de que la próxima vez que me retrasara sin un motivo aparente me despedía.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Capítulo 3: Manipulación


Intenté enfocar desde otra perspectiva esta situación, que sinceramente, no era la primera vez que me pasaba. En primer lugar el jefe estaba de buen humor (cosa que no se ve a menudo), punto positivo. Después, la reunión se iba a prolongar por lo tanto las clases no empezarían hasta dentro de un buen rato, punto positivo. De momento Circe dos, colegio cero. Pero por otra parte no llevaba nada. Mierda, los apuntes. No tenía nada preparado para dar clase, y aunque hubiera tenido tiempo de cogerlos tampoco llevaría nada preparado. ¡Menudo fin de semana! Entre bar y bar y discoteca y discoteca lo único que hice fue triunfar, modestia aparte. Pero por desgracia era lunes. El peor día de la semana. Es la jornada que te hace volver al mundo real, dónde eres esclava de un empleo sin futuro, sobre todo el mío (¿O acaso no habéis visto la decadencia de los adolescentes y lo salidos que están?), dónde la diversión con alcohol se aparca y durante la cual la ciudad se sume en la pereza y el aburrimiento. Se me ocurrió una idea: un debate. Ocuparía todo el tiempo de clase de los distintos cursos. Y además podría centrarse en los lunes. Perfecto. Asunto zanjado. Circe tres colegio cero.

Mi móvil volvió a sonar. Esta vez se trataba de mi madre.

-Hola, mamá.

-Hola, cariño. Te llamaba para preguntar si tienes planes para esta noche, aparte de emborracharte y llevarte a algún mozo al huerto, dijo de forma irónica. Siempre solíamos gastarnos ese tipo de bromas.

-Pues la verdad es que no, mamá. ¿Por qué lo preguntas? ¿Pensabas invitarme a un botellón?

-Más o menos. Tu padre se ha empeñado en cenar los tres juntos, esta noche.

-Vaya ¿Y a qué viene esta celebración?

-Porque es su santo y quiere invitarnos a un restaurante caro, así que vente arreglada.

-Por supuesto.

-Pasaremos a recogerte sobre las ocho.

-Vale, te dejo a solas con tu Martini.

-¿Cómo puedes pensar que me estoy tomando un Martini a las 10 y media de la mañana? ¿No sabes que es la hora del whisky?

-Perdone usted, señora, respondí con voz de hombre, acto seguido colgué.

Miré al frente y me fijé que en el espejo retrovisor. Se reflejaban en él los ojos del conductor que apuntaban hacia mí.

-¿Qué mira?, le pregunté.

-Perdone usted, señora, respondió, imitándome. Me hizo reír.

Pasó un largo minuto invadido por el silencio. Miré a través de la ventanilla y reconocí la calle. Por fin el trayecto había llegado a su fin. El taxi paró en frente del colegio. Bueno, más bien el edificio convertido en colegio. Los estudiantes ya estaban llegando. Pagué al taxista lo que ponía en el taxímetro y éste se me quedó mirando fijamente.

-Ah, los 50 euros… Pues verá señor, tan sólo puedo darle 20. No tengo más…

-Quiero los 50 euros. Íntegros.

En ese momento me fijé en que cuatro de mis alumnos estaban a dos pasos. Desde el coche, les pedí que se acercaran.

-Hola, chicos. ¿Me podéis hacer un favorcito?

-Claro, señora, respondió uno de ellos.

-Bien, perfecto. ¿Me prestáis 30 euros? Os los devolveré. Lo prometo.

-Está hecho. Pero, a cambio debe subirnos la nota del último examen.

-¿Qué? ¿Estáis locos? Me podrían despedir por eso.

-Usted misma.

Me resigné. Les subiría una décima, tampoco creía que se dieran cuenta los de dirección.

-De acuerdo.

Echaron mano de sus carteras y cada uno aportó un poco, pero no reunía el dinero suficiente. estaba a sólo dos euros de conseguir saldar mi cuenta con el conductor.

Capítulo 2: Lo bueno se hace esperar


Tenía que mantener la cabeza fría y planear mi próximo movimiento. En primer lugar, debía encontrar un transporte, un taxi por ejemplo. Me dispuse a buscar uno, pero en esa calle tan estrecha no había. Decidí ponerme en marcha y encontrar una calle bastante concurrida. Finalmente di con ella tras unos cinco minutos andando y, a lo lejos, avisté un taxi. Le hacía señales pero el conductor no parecía verme y cuando estuvo lo bastante cerca me puse delante de él con el propósito de cortarle el paso. No pareció muy contento de mi acción: sacó la cabeza por la ventanilla del coche y me calificó de loca e imprudente. Haciendo caso omiso de sus palabras me metí en el automóvil y le di la dirección.

-Lo siento pero no pienso llevarla allí, declaró el taxista.

-¿Qué no? ¿Por qué no? Se puede saber que le pasa…

-¡Está muy lejos!, me interrumpió, ¿Y ha visto los atascos? Nos tiraríamos toda la mañana parados. Me niego.

-Te daré 50 euros más si me llevas, proclamé. Y lo más rápido posible.

-Agárrate, fue lo único que dijo. La verdad es que en estos tiempos de crisis es mucho más fácil controlar a la gente.

En poco tiempo estábamos ya en carretera. Allí el taxista intentó entablar una conversación:

-¿Eres tan histérica cada día o solo los lunes?

-¿Perdona?, dije un tanto ofendida.

-Ya veo que no eres de Alcobendas.

-Vaya, debió ser de los más inteligentes del colegio, señor taxista, le dije irónicamente.

-No se pase, señorita, que yo sólo pretendía ser gracioso.

-¿Ah, sí? Pues no lo parecía, respondí sonriendo forzosamente.

De repente mi móvil sonó. Cogí el pequeño bolso y lo abrí alcanzando el teléfono.

-Dígame.

-Circe, ¿Se puede saber dónde estás?, era mi compañera de trabajo.

-¿Por qué preguntas? Aún quedan 15 minutos para que empiece mi clase…

-¿Es que no te acuerdas? ¡Hoy había una reunión de profesores a las 9! Te llamo ahora porque nos han dado una pausa.

-Oh, mierda… ¿El jefe está cabreado?

-Pues… No, respondió un poco extrañada, parece de muy buen humor.

-Ese tuvo suerte la noche anterior con su mujer, reí entre dientes, no sé si me sigues.

-Si me pregunta dónde estás, ¿Qué le digo?

-No sé… invéntate algo como que estaba visitando a una amiga en el hospital o… ¡Yo qué sé!

-Bien, tengo que colgar, va a empezar de nuevo la reunión.

Y colgó. Menos mal que tenía a Adriana para cubrirme las espaldas.

Pasó un tiempo, menos mal que sin conversación con el conductor. Volví a mirar el reloj… ¡Ya eran las 10! Mierda…

-¿No puede ir más deprisa?, exigí.

-¿Más deprisa? ¿Es que quiere que me multen?

-¿Que le multen? Si hasta una anciana con una sola pierna va más rápido que nosotros.

Me alegré de que por fin estuviéramos en la ciudad, aunque con el tráfico que había a pesar de ser las 10, tardaríamos más de lo habitual.

martes, 25 de septiembre de 2012

Capítulo 1: Manzanas

El sonido de un timbre me despertó y la luz de… ¿La mañana? ¿Ya era por la mañana? Mis ojos se abrieron bruscamente y a pesar del daño que me causaban los rayos de sol busqué un reloj. Examiné la oscura habitación, llena de trastos, estanterías llenas de… ¡Qué más da eso! ¡Tenía que saber la hora! Caí en la cuenta de que llevaba uno de pulsera, así que me miré la muñeca… no estaba. Mi caro y precioso reloj no estaba. Mierda. Mierda, mierda, mierda… Me puse a mirar por todo el cuarto, e intentando investigar debajo de la cama me caí de ésta. Pero me levanté rápidamente y, del suelo, alcancé el vestido rojo con el que salí anoche. Tras vestirme me puse de nuevo con la búsqueda. Miré por todos lados y nada.

-Perdona, me dijo una voz dulce y monótona, la de una niña.

Levanté la mirada, pues estaba de rodillas, y de pie estaba una niña rubia, no tendría más de siete años. Entre sus diminutas manos sostenía mi preciado reloj. Me abalancé a por él y se lo arrebaté. Localicé mis zapatos y me los puse mientras salía de la habitación. En la puerta principal había dos personas discutiendo: la mujer que estaba fuera del apartamento y el hombre rubio, alto y bastante mono… Digamos era que mi tipo. Aminoré la marcha, intentando pasar inadvertida pero de pronto los cuatro ojos se posaron en mí. Me puse al lado del chico saludé e intenté escapar pero una mano agarró mi muñeca y me llevó hasta el cuerpo al que pertenecía.

-Así que habías cambiado, dijo la mujer un tanto enfadada.

El hombre la fulminó con la mirada, luego se volvió hacia mí y me dijo:

-¿Ya te tienes que ir?

-Pues debería, le respondí mientras me rodeaba con los brazos. Puaj, sí que es pegajoso. Un momento… ¿Cómo se llamaba? Vi por encima de su hombro un Mac. Mac es de Apple, Apple es manzana en inglés, las manzanas ayudaron a Newton y el nombre de Newton es… ¡Isaac!

-No pensabas irte sin despedirte, ¿Verdad?

-Isaac, ¿Cómo puedes pensar eso? Bueno, se está haciendo tarde y no quiero interrumpiros así que… me voy. Que os vaya bien.

Le di un beso en la mejilla y me fui por el pasillo.

-¡Te llamaré!, gritó a lo lejos.

“Ni se te ocurra”, pensé yo.

En el ascensor por fin pude ver la hora. ¡Eran las 9:30! Tenía media hora para estar en el centro. Pero… ¿Dónde diablos estaba? Lo de salir los domingos por la noche no era buena idea. Cuando las puertas se abrieron salí corriendo hacia la calle y le pregunté a una mujer mayor cual era mi ubicación. La mujer, por si no tuviera prisa, empezó a reírse y a compararme con los despistados de sus nietos, pero al final, presionándola pude sacarle la información. En Alcobendas. Estaba en Alcobendas y tenía que estar en Gran Vía en media hora, sin mencionar que es hora punta y encima lunes. Como odiaba los lunes.

Introducción

Curioso Lector o Lectora,
Como a todo el mundo de mi edad le ha dado por lo mismo, ¿Por qué a mí no?
Sí, os voy a poner una novela online, más bien MI novela online. No quiero que sea la típica de vampiros que van a intitutos diurnos o de adolescentes que cuentan sus desventuras amorosas, va a ser original. (O eso espero). Así que espero que os guste y que la disfrutéis.
Por cierto, quería informaros que soy una chica que tiene deberes, exámenes y que sale del instituto a las 18:00 así que no os desesperéis si tardo en escribir la continuación, ya que puede ser por falta de tiempo o simplemente porque he abandonado. Os dejaré con la duda.
Bueno, ¡Que os aproveche!