miércoles, 26 de septiembre de 2012

Capítulo 2: Lo bueno se hace esperar


Tenía que mantener la cabeza fría y planear mi próximo movimiento. En primer lugar, debía encontrar un transporte, un taxi por ejemplo. Me dispuse a buscar uno, pero en esa calle tan estrecha no había. Decidí ponerme en marcha y encontrar una calle bastante concurrida. Finalmente di con ella tras unos cinco minutos andando y, a lo lejos, avisté un taxi. Le hacía señales pero el conductor no parecía verme y cuando estuvo lo bastante cerca me puse delante de él con el propósito de cortarle el paso. No pareció muy contento de mi acción: sacó la cabeza por la ventanilla del coche y me calificó de loca e imprudente. Haciendo caso omiso de sus palabras me metí en el automóvil y le di la dirección.

-Lo siento pero no pienso llevarla allí, declaró el taxista.

-¿Qué no? ¿Por qué no? Se puede saber que le pasa…

-¡Está muy lejos!, me interrumpió, ¿Y ha visto los atascos? Nos tiraríamos toda la mañana parados. Me niego.

-Te daré 50 euros más si me llevas, proclamé. Y lo más rápido posible.

-Agárrate, fue lo único que dijo. La verdad es que en estos tiempos de crisis es mucho más fácil controlar a la gente.

En poco tiempo estábamos ya en carretera. Allí el taxista intentó entablar una conversación:

-¿Eres tan histérica cada día o solo los lunes?

-¿Perdona?, dije un tanto ofendida.

-Ya veo que no eres de Alcobendas.

-Vaya, debió ser de los más inteligentes del colegio, señor taxista, le dije irónicamente.

-No se pase, señorita, que yo sólo pretendía ser gracioso.

-¿Ah, sí? Pues no lo parecía, respondí sonriendo forzosamente.

De repente mi móvil sonó. Cogí el pequeño bolso y lo abrí alcanzando el teléfono.

-Dígame.

-Circe, ¿Se puede saber dónde estás?, era mi compañera de trabajo.

-¿Por qué preguntas? Aún quedan 15 minutos para que empiece mi clase…

-¿Es que no te acuerdas? ¡Hoy había una reunión de profesores a las 9! Te llamo ahora porque nos han dado una pausa.

-Oh, mierda… ¿El jefe está cabreado?

-Pues… No, respondió un poco extrañada, parece de muy buen humor.

-Ese tuvo suerte la noche anterior con su mujer, reí entre dientes, no sé si me sigues.

-Si me pregunta dónde estás, ¿Qué le digo?

-No sé… invéntate algo como que estaba visitando a una amiga en el hospital o… ¡Yo qué sé!

-Bien, tengo que colgar, va a empezar de nuevo la reunión.

Y colgó. Menos mal que tenía a Adriana para cubrirme las espaldas.

Pasó un tiempo, menos mal que sin conversación con el conductor. Volví a mirar el reloj… ¡Ya eran las 10! Mierda…

-¿No puede ir más deprisa?, exigí.

-¿Más deprisa? ¿Es que quiere que me multen?

-¿Que le multen? Si hasta una anciana con una sola pierna va más rápido que nosotros.

Me alegré de que por fin estuviéramos en la ciudad, aunque con el tráfico que había a pesar de ser las 10, tardaríamos más de lo habitual.

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