miércoles, 26 de septiembre de 2012

Capítulo 3: Manipulación


Intenté enfocar desde otra perspectiva esta situación, que sinceramente, no era la primera vez que me pasaba. En primer lugar el jefe estaba de buen humor (cosa que no se ve a menudo), punto positivo. Después, la reunión se iba a prolongar por lo tanto las clases no empezarían hasta dentro de un buen rato, punto positivo. De momento Circe dos, colegio cero. Pero por otra parte no llevaba nada. Mierda, los apuntes. No tenía nada preparado para dar clase, y aunque hubiera tenido tiempo de cogerlos tampoco llevaría nada preparado. ¡Menudo fin de semana! Entre bar y bar y discoteca y discoteca lo único que hice fue triunfar, modestia aparte. Pero por desgracia era lunes. El peor día de la semana. Es la jornada que te hace volver al mundo real, dónde eres esclava de un empleo sin futuro, sobre todo el mío (¿O acaso no habéis visto la decadencia de los adolescentes y lo salidos que están?), dónde la diversión con alcohol se aparca y durante la cual la ciudad se sume en la pereza y el aburrimiento. Se me ocurrió una idea: un debate. Ocuparía todo el tiempo de clase de los distintos cursos. Y además podría centrarse en los lunes. Perfecto. Asunto zanjado. Circe tres colegio cero.

Mi móvil volvió a sonar. Esta vez se trataba de mi madre.

-Hola, mamá.

-Hola, cariño. Te llamaba para preguntar si tienes planes para esta noche, aparte de emborracharte y llevarte a algún mozo al huerto, dijo de forma irónica. Siempre solíamos gastarnos ese tipo de bromas.

-Pues la verdad es que no, mamá. ¿Por qué lo preguntas? ¿Pensabas invitarme a un botellón?

-Más o menos. Tu padre se ha empeñado en cenar los tres juntos, esta noche.

-Vaya ¿Y a qué viene esta celebración?

-Porque es su santo y quiere invitarnos a un restaurante caro, así que vente arreglada.

-Por supuesto.

-Pasaremos a recogerte sobre las ocho.

-Vale, te dejo a solas con tu Martini.

-¿Cómo puedes pensar que me estoy tomando un Martini a las 10 y media de la mañana? ¿No sabes que es la hora del whisky?

-Perdone usted, señora, respondí con voz de hombre, acto seguido colgué.

Miré al frente y me fijé que en el espejo retrovisor. Se reflejaban en él los ojos del conductor que apuntaban hacia mí.

-¿Qué mira?, le pregunté.

-Perdone usted, señora, respondió, imitándome. Me hizo reír.

Pasó un largo minuto invadido por el silencio. Miré a través de la ventanilla y reconocí la calle. Por fin el trayecto había llegado a su fin. El taxi paró en frente del colegio. Bueno, más bien el edificio convertido en colegio. Los estudiantes ya estaban llegando. Pagué al taxista lo que ponía en el taxímetro y éste se me quedó mirando fijamente.

-Ah, los 50 euros… Pues verá señor, tan sólo puedo darle 20. No tengo más…

-Quiero los 50 euros. Íntegros.

En ese momento me fijé en que cuatro de mis alumnos estaban a dos pasos. Desde el coche, les pedí que se acercaran.

-Hola, chicos. ¿Me podéis hacer un favorcito?

-Claro, señora, respondió uno de ellos.

-Bien, perfecto. ¿Me prestáis 30 euros? Os los devolveré. Lo prometo.

-Está hecho. Pero, a cambio debe subirnos la nota del último examen.

-¿Qué? ¿Estáis locos? Me podrían despedir por eso.

-Usted misma.

Me resigné. Les subiría una décima, tampoco creía que se dieran cuenta los de dirección.

-De acuerdo.

Echaron mano de sus carteras y cada uno aportó un poco, pero no reunía el dinero suficiente. estaba a sólo dos euros de conseguir saldar mi cuenta con el conductor.

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