Para dar quehacer a los alumnos, les puse un
vídeo en Youtube. Por fin podría
descansar un poco. Me acomodé en la silla de madera (que ya podrían haber
puesto un sillón), puse los pies en la mesa y cerré los ojos. Pero no podía
dormir, ni siquiera descansar, pues me moría de hambre. Mis tripas rugían por
no tener alimento alguno desde el día anterior. Salí del aula, no sin antes
pedir a los chicos que se comportaran y me dirigí a la clase de Adriana. La
pillé in fraganti corrigiendo un
ejercicio. La cogí del brazo pero ésta se resistió.
-No puedo dejar solos a mis alumnos, me
previno. Y tú tampoco deberías.
-Por favor, si tienen ¿Cuántos? ¿Ocho años? A
esa edad son más buenos que el pan. No van a hacer nada, a no ser que hayan
visto Superman y les dé por tirarse por la ventana.
Viendo que mis palabras no la convencían, me
decanté por señalar a un chico de la primera fila:
-Tú, si tú. Ven aquí.
Se acercó, situándose a mi lado.
-Corrige el ejercicio y si alguien habla o se
comporta mal, apuntas su nombre en la pizarra.
Miré a la profesora.
-Todo solucionado, hala, vente.
La agarré del brazo y la llevé al pasillo.
-¿Se puede saber dónde estabas?, me preguntó.
-No en el entierro de mi padre, eso te lo
aseguro.
-Lo siento, no se me ocurría nada más.
-Bueno, eso ahora no importa. Venía a pedirte
dinero, me muero de hambre y todo lo que llevaba me lo he gastado en un taxi.
-¿Todo? ¿Pero de dónde vienes?
-De Alcobendas. Bueno, ¿Me dejas algo? Te lo
devolveré.
De su bolsillo sacó diez euros y me los dio. La
abracé en agradecimiento y me fui directa a la pequeña cafetería donde me cogí una
taza de chocolate caliente y un bollo bastante grande. Después entré en clase
con chocolate y bollo en mano y me senté en mi lugar.
-Carla, dije a una chica, léenos lo que has
hecho.
La niña obedeció y, cuando hubo terminado,
alguien hizo un comentario que provocó la risa de los de alrededor.
-¿De qué os reís?, les pregunté.
-De nada señora.
-Demasiado tarde, os he pillado.
Negaron con la cabeza, rehuyendo mi mirada.
-Venga, contadlo para que nos riamos todos,
al no haber respuesta les advertí. Bueno, que no se repita u os envío al
director ¿Está claro?
-Sí.
Todos los alumnos fueron leyendo lo que
habían escrito mientras yo desayunaba. Cuando hubieron terminado les dejé salir
pues la clase había llegado a su fin, al igual que mi chocolate. Salí del
edificio y, con el dinero prestado que me sobró, cogí el metro hasta casa. Por
fin.
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