domingo, 2 de diciembre de 2012

Capítulo 18: El Hambriento Dilema


Un increíblemente fuerte ruido de unos tacones invadió la sala que estaba sumida en un plácido silencio. El sonido se paró a mi lado. Giré levemente la cabeza y vi una chica, más o menos de mi edad, alta, morena, más pintada que una puerta y con un escote que hacía que la vista se me desviara. Esas dos que se asomaban tenían que ser operadas porque si no, el azar era muy injusto. Tina se secó las lágrimas y saludó a la acoplada con un fuerte abrazo. Luego me presentó:

-Arya, te presento a Circe, es una amiga de toda la vida de Mirio.

-Encantada, me dijo tendiéndome la mano y embozando una sonrisa de caballo. Nunca había visto unos dientes tan enormes.

-Lo mismo digo, respondí con una sonrisa menos exagerada que ella.

Arya se desplazó hasta Mirio y le besó. Me quedé boquiabierta. ¿Y esas libertades? Tina me miró y viendo mi cara sorprendida me susurró:

-Arya es la mujer de Mirio. Se casaron poco antes del accidente. Vaya luna de miel están pasando.

-Entiendo, en realidad no entendía nada. ¿Y cuánto has dicho que llevan casados?

-Tres semanas, respondió la mujer.

-Lo siento mucho, fue lo único que se me ocurrió decir por no arrancarle la cabeza de los hombros.

¿Que era su mujer? Qué más me daba a mí eso. Yo era la madre de su hijo. Eso tenía que ser más importante para él. ¿Estás casado? ¡Pues pide el divorcio, que no es nada nuevo! En cambio no puedes dejar de ser padre. Nunca. Mis tripas rugieron por el hambre.

-Si me disculpáis, voy a la cafetería. Hasta luego, les dije falsamente sonriente.

Salí de la habitación, enfurecida. ¡Cuando vino conmigo ya estaba prometido! ¿Cómo se atrevía a hacerme esto? En realidad tan sólo tenía que decirle a su mujercita que estaba embarazada de él, montaríamos un complot contra él. Era muy sencillo, pero… de lo dicho a lo hecho hay un buen trecho. Y además, estaba casado, destruiría una bonita relación. Aunque, mirándolo desde otro punto de vista… ¡Mi hijo vale mucho más que una simple relación! Tenía que dejar de pensar en ello, en ellos y comenzar a pensar en mí y en el enorme bollo de chocolate que me iba a meter entre pecho y espalda.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Capítulo 17: Jirones


-Perdone, ¿La conozco?, pregunté extrañada.

-¿Es que no te acuerdas de mí? Soy Tina, la madre de Mirio. Jugabais juntos cuando erais pequeños.

Una luz se encendió en mi mente. Era imposible. ¿De verdad me había acostado con él? Era todo un logro por mi parte. Para que me comprendáis, os contaré una pequeña historia.

Erase una vez, una niña que tenía un mejor amigo. Se conocían desde siempre y jugaban todos los días. Más que amigos, eran hermanos. Pero, un día, la madre de la niña se enfadó mucho con la madre del otro que provocó una desgracia: la distanciación de los niños. Cuando fueron mayores, coincidieron en el mismo instituto pero ya no se hablaban. Ella, al verlo en su día a día, acabó enamorándose de él, pero por su falta de seguridad en sí misma, no se atrevía a acercarse a hablarle. Ella, con la autoestima por los suelos a causa de llevar gafas, aparato dental y tener un ligero sobrepeso, jamás pudo confesarle sus sentimientos. Esa era la historia de mi vida, por lo menos en el instituto. Parece ser que el destino te depara sorpresas cuando menos te las esperas.

-¡Vaya, Tina! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal todo?

No pronunció palabra, tan sólo se escucharon sollozos por su parte.

-¿Tina? ¿Qué te ocurre?

-Ven al hospital La Princesa, en Diego de León, dijo con la voz quebrada.

Acto seguido colgó. Fui directa a mi cuarto y cogiendo ropa al azar me vestí y salí por la puerta. James se ofreció a llevarme pero como ya sabía, nunca había sitio para dejar el coche. Cogí el metro. Cuando llegué, en la pequeña puerta de urgencias, había una señora, en la que el tiempo dejó su sello. Tenía un cigarro en la mano y lágrimas en los ojos. Sin duda, era Tina. Me acerqué a ella y le di un abrazo. Rompió a llorar. Me estaba preocupando. Y mucho.

-¿Qué ocurre? ¿Le pasa algo a Mirio?

Me cogió del brazo. Me llevó a través de salas de espera llenas de gente, cruzamos pasillos, cogimos el ascensor  y finalmente entramos en una habitación con dos camillas. En una de ellas, encontré a mi amor platónico. Tenía vías intravenosas por todos lados, tubos, máquinas… Tan sólo de verle el corazón se me hizo trizas. No logré que ni una sola palabra saliera de mi boca, pues mi cerebro estaba intentando asimilar tal desgracia. Conseguí lanzarle una mirada de preocupación, sorpresa y lástima a Tina.

-Tuvo un accidente de coche, dijo sorbiéndose la nariz. Está en coma desde hace tres semanas.

Unas gotas saladas se deslizaron por mis mejillas. Me invadió el miedo de que fuera el padre de mi bebé y que no despertara de aquel sueño tan profundo. Algo dentro de mí me aseguró de que era su progenitor. Ya no podía creer otra cosa. Era él.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Capítulo 16: Del Otro Lado


Cuando el portazo sonó, me levanté y fui detrás de James. Lo único que se me ocurrió fue hablarle a través de la puerta:

-¡Oh, vamos James! No te enfades. Solo estaba bromeando.

No hubo respuesta.

-¡James! Si no abres la puerta ahora mismo, planto aquí el campamento y hasta que no salgas no me voy. No querrás que una mujer embarazada tenga que dormir en el suelo, ¿Verdad?

Ni una sola palabra salió de la habitación.

-Bueno, te dejo con tu monumental cabreo por una tontería. Tengo que hacer muchas cosas, como… Dar con el padre de esta criaturita, encontrarle un buen nombre y comprarle ropita por internet. Que duermas bien.

Me alejé de la puerta y exagerando los pasos de mi camino llegué hasta el sofá. Antes de que me hubiera sentado, James ya estaba junto a mí, con el portátil bajo el brazo. Nos acurrucamos en el asiento.

-Lo primero es lo primero, dijo James, ¿De cuánto estás?

-De un mes.

-De acuerdo, dame tu móvil.

Se lo tendí y en un documento de Word, empezó a anotar los nombres y números de teléfono de todos mis ligues.

-Esto es lo que vamos a hacer, me informó cual coronel, vas a llamar a todos tus pretendientes y a preguntarles si usasteis protección.

Comenzamos por Alberto y seguimos alfabéticamente, tachando todo aquel que no parecía sospechoso. Me sorprendió que muchos de esos hombres estuvieran casados, prometidos o en una relación, por informal que pareciera. Tendría que haberme informado mejor, ahora que me detenía a pensarlo. Cuando llegamos a la letra M, tras Manuel, Mauricio y Miguel, encontré un nombre que me resultaba muy familiar: Mirio. Peculiar nombre. Marqué el número que James me indicó.

-¿Dígame?, se oyó del otro lado del teléfono. Era una voz de mujer, que ya había disfrutado de sus mejores años. Sonaba cansada y bastante triste.

-Hola, buenas noches, saludé, querría hablar con Mirio, por favor.

-¿De parte de quién?

-Me llamo Circe.

-¡Oh, Dios bendito! ¿Circe, la pequeña Circe?

lunes, 29 de octubre de 2012

Capítulo 15: El Drama


Me acerqué a la ventanilla que daba al asiento de mi padre y le besé en la mejilla para despedirme.

-¿No quieres que te llevemos?, me ofreció.

-No, qué va. Tengo en coche aquí al lado.

El coche arrancó  y me dejó sola. Me dirigí al mío y llegué a casa, por fin. James todavía no había llegado, lo que me permitió seguir disfrutando de mi soledad. Fui a la nevera, me apoderé de una enorme tarrina de helado y me senté en el sofá a deleitarme de aquel manjar. Cambié de canal hasta que di con una película romántica y comencé a verla. He de precisar que nunca jamás me había decantado por ver este tipo de películas. Allá donde estén Indiana Jones u Hora Punta que se aparten Titanic o Crepúsculo. Pero, esta vez era distinta. Vi, por vez primera, Moulin Rouge. Y sinceramente, me gustó. Aunque de lo que más disfruté fue la cara que se le quedó a James, cuando entró en casa y me vio llorando como un bebé. Pero se calmó cuando se fijó que estaba viendo tal drama. Apostaría a que se la sabe de memoria.

Cuando terminamos de ver la película, nos quedamos en el sofá a charlar. Nos contamos nuestro día.

-Hoy en el trabajo, no me han dejado parar ni un momento. Ni siquiera para tomarme un sándwich…

-Oye, ¿Y qué tal te va con José?, le asombró lo directa que fui.

-Pues, bastante bien. Estoy muy contento con él. Creo que esto va enserio.

-Vaya, ¿Y te ves preparado para dar el paso? Con lo bien que estabas soltero y sin compromiso.

-¿Sabes? Yo creo que estaba harto de esa vida. Quiero madurar. Y tú deberías hacer lo mismo, esa criaturita debe tener una madre responsable.

-Sí, ya bueno, mejor otro día. ¿Pero vas a cerrar tus puertas? A lo mejor no es el hombre de tu vida.

-¿Qué estás insinuando?

-Nada, nada… Ah, hoy he conocido a un hombre guapísimo, inteligente y muy majo.

-¿Has quedado con él?

-¿Quedar? Pero si es gay.

James me fulminó con la mirada y se fue a su habitación.

lunes, 22 de octubre de 2012

Capítulo 14: Una Cita Desconcertante


Mi progenitora me fulminó con la mirada y añadió:

-¿Desde cuándo eres tan sincera con el ginecólogo?

-Desde que tú ya no me acompañas.

-¡Oigan, señoras!, interrumpió. Usted vaya a la camilla, dijo señalándome, y usted tome asiento, se dirigió a mi madre.

Luego se acercó a mí y me tendió una bata color verde enfermizo. Me señaló una cortinilla del mismo tono que el uniforme y me dio un ligero empujoncito hacia ella. Supongo que tendría que hacerlo, qué remedio. Cuando salí del cambiador, mi madre y el ginecólogo estaban teniendo una conversación como si de toda la vida se conociesen. Me aclaré la garganta para que se percataran de que ya estaba lista, por llamarlo de alguna forma. Me tumbé con las piernas en alto y el guaperas del médico me introdujo algo duro y frío.

-Como el feto es muy pequeño todavía, no se puede ver con la ecografía normal, me explicó totalmente calmado, estaba claro que el perjudicado aquí no era él. Si miras por la pantalla, podrás ver una especie de borrón. Pues eso es tu bebé.

Miré, siguiendo las indicaciones del médico y allí estaba. La mayor sorpresa que había tenido en mi vida. La verdad es que estaba un poco emocionada, lo que provocó que unas lágrimas salieran inconscientemente de mis ojos. Me las sequé rápidamente puesto que no me gustaba la idea de que alguien me viera llorar, y agraciadamente fue antes de que el atractivo doctor me viera.

-Normalmente las mujeres que atiendo suelen llorar en esta parte del proceso.

-Digamos que ella no va a ser una madre normal, dijo mi madre que miraba atentamente la pantalla a punto de llorar.

Tras constatar mi mirada fija en su nuca, añadió:

-En el buen sentido.

Tras terminar esta última frase, rompió a llorar como nunca antes la había visto.

-Mamá, estás llorando de alegría o es que estás borracha.

-No estoy tan borracha como para llorar.

Acto seguido me abrazó. Parecía que mi madre, después de todo, tenía su corazoncito.

-Doctor, interrumpí, como no me saque eso ahora, la que va a llorar soy yo.

El doctor se apresuró y tras cambiarme, dimos por terminada la cita. Al salir, vimos a mi padre en el coche. Había estado esperando todo el tiempo. De camino a su encuetro:

-Mamá, ¿Tienes una cita con el doctor?, dije de broma.

-Oh, por Dios hija, ¿No te has dado cuenta de que ese hombre era gay?

-Si te digo la verdad, lo estaba sospechando.

Eso me dio una grandísima idea: James.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Capítulo 13: La Sonrisa


Empecé la mañana escuchando un irritante ruido que se repetía una y otra vez. En efecto, se trataba del despertador. Intenté pararlo con fuertes manotazos pero no funcionó. Era la alarma del móvil. En primer lugar tuve que desbloquearlo y luego ya pude desactivarla. A continuación, miré el reloj: eran las ocho de la mañana de un segundo lunes. Tras abrir la ventana, salí hacia la cocina a desayunar pues el hambre me podía. Me serví unos exquisitos bollos, que sinceramente no sabía de dónde habían salido, y una buena taza de café con leche. Mientras saciaba mi apetito, James salió de su habitación. Parecía que añoraba más la cama que yo. Terminé de comer y, ya vestida, cogí el coche para ir al trabajo. Esta vez llegué puntual, sin prisas ni agobios, sólo aburrimiento. Después de dar las clases matutinas, hicimos una pausa de unos quince minutos, durante los cuales me dediqué a darle la noticia a Adriana y a llamar a mi queridísimo ginecólogo para concertar una cita. Logré una al terminar las clases. Si os estabais preguntando sobre la reacción de mi compañera, os informaré de que no estuvo muy contenta ya que se enteró de que no estaba casada, es más ni siquiera sabía quién era el padre. Ya terminadas las eternas clases, me puse en camino hacia la consulta del médico. Por el camino me llamaron tanto mi madre como James, pero les hice caso omiso: era una buena conductora.

-¡Circe!

Me llamaban para pasar al despacho de la tortura. Al entrar comprobé que el anciano que debería estar en aquella silla no estaba. Tan sólo había un atractivo hombre, en muy buena forma física que llamaba mi atención como no habían hecho en años. Esto parecía el comienzo de una película porno, salvo por lo del embarazo.

-Bien, Circe, cuéntame que te pasa, me dijo el apuesto médico.

Me quedé atolondrada, pero pude responder un minuto después bajo la mirada desconcertada del hombre.

-Pues… el otro día descubrí que estaba embarazada… y bueno, quería saber el estado del bebé.

-¿De cuándo está?

-De más o menos un mes

-Perfecto, pues quítese los pantalones y túmbese en la camilla, añadió con una sonrisa complaciente.

Eso me hizo pensar mal. ¿Y si era un pervertido peor que el anterior? Por muy bueno que estuviese no debería dejarme hacer tan rápidamente. Es por eso que estoy en esta situación.

-¿No vamos un poco deprisa? Podríamos esperar a la próxima cita médica…

Me miró sorprendido. Luego relajó la expresión.

-Vaya, ¿Marido celoso?

-¿Marido? No, no, no… Estoy soltera.

-Entonces es que te cuesta abrirte.

-De eso nada. Créame, es muy abierta de piernas, dijo una voz tras de mí. Con ese comentario sólo podía tratarse de mi madre.

Me giré hacia ella:

-¿Se puede saber cómo me has encontrado?

-Una amiga que está en la sala de espera me llamó para decirme que estabas aquí, me apartó con el brazo. Hola, encantada, me llamo Luisa, dijo sonriente al médico.

-Lo mismo digo. Oiga, ¿Ustedes son parientes?

Ambas asentimos, mi madre más sonriente que yo.

-Soy su hermana, informó mi madre.

-Más bien madre, corregí.

jueves, 4 de octubre de 2012

Capítulo 12: Contactos


Ya terminada la cena nos metimos en el coche, de vuelta a casa. Cuando entré por la puerta, James estaba solo: no había ni rastro de José. Por un lado me sentí aliviada, pero por otro estaba en una especie de obsesión: Tenía que encontrar al padre del niño. Me senté junto a James, que como siempre, estaba en el sofá y móvil en mano, miré mis contactos en la agenda. Daba gracias de que fuera lo suficientemente ordenada como para borrar los números de teléfono de mi aparato que tuvieran más de un mes de antigüedad. Me provisioné, luego, de un bolígrafo y un bloc de notas y comencé a escribir nombre, apellido (quien lo ponía) y número.

-Vale, entiendo lo que estás haciendo, me dijo James. Pero ¿No será mejor saber de cuánto estás antes de buscar al padre? Si no estarás dando palos de ciego.

Mierda. Tenía razón. ¿Cómo iba a saber quién era el padre si no sabía la fecha? Es más, si estuviera embarazada de más de un mes… ¿Cómo iba a buscar una persona en una ciudad de unos siete millones de habitantes, suponiendo que no hayan huido del país? Esto se volvía cada vez más complicado e iba perdiendo la esperanza.

-¿Pido una cita con el ginecólogo?, concluí.

Tan sólo asintió y añadió:

-Pero no ahora, son las diez de la noche.

-En ese caso me voy a dormir.

Tras besarle en su despejada cabeza me dirigí a mi habitación.

-Que durmáis bien, dijo desde su posición.

Tras lavarme y ponerme el pijama, me tumbé en la cama. No podía dormir. Todo esto me superaba. Era prácticamente imposible que un diminuto ser estuviera creciendo dentro de mí, me parecía irracional. Una sonrisa se dibujó en mi rostro ante la idea de no estar sola, ahora que James estaba en una estúpida relación. Pero ¿Y si yo estuviera en una relación? ¿Estaría igual de asustada o me sentiría segura? Por mucho que lo negara, necesitaba a alguien que estuviera a mi lado en todo momento, que me quisiera y al que importara. No me quejaría si mi vida fuera como una comedia romántica. Definitivamente, debía encontrarle: a su padre biológico y a su futuro padre. Por él. Por mí.

Inconscientemente, mi mano hacía ligeros círculos sobre mi vientre y mi boca se torcía aún más, formando una sonrisa mucho más amplia. No podía abortar, ni darlo en adopción. Quizá fuera por las hormonas, pero me sentía más feliz y tonta que nunca. Además, tener algo que dependía de mí me hacía sentir bien, e incluso, responsable. Era mío.

Capítulo 11: En blanco


Todos y cada uno de los clientes del restaurante se quedaron mirando. Para apartar sus miradas y que volvieran a sus menesteres, mi madre soltó:

-¿Se puede saber qué están mirando? Ni que no hubieran visto nunca a una mujer embarazada.

Aunque siendo un poco antipática, la contestación que les dio fue suficiente para lograr su propósito. Luego se dirigió a mí:

-¡Enhorabuena, cariño! Si te soy sincera, hubo un tiempo en el que creía no iba a ser abuela, pero estaba equivocada.

-Felicidades cariño, se limitó a decir mi padre, posando su mano en mi hombro y dedicándome una sonrisa debajo de su espeso bigote.

-Santiago, tú tan soso como siempre, le dijo mi madre. Bueno, ¿Y desde cuando lo sabes?

-Pues… Desde hace unas horas, respondí.

-¿De cuánto estás?

-Emmm… Ni idea, le dije con otro trozo de carne en la boca.

-Cariño, no hables con la boca llena. Bueno, ¿Qué más da? ¡Voy a ser abuela!

Vaya, sinceramente no había esperado esa reacción por parte de mis padres. Es más, había pensado que me iban a regañar por ser madre tan joven. Pero parece que la gente cambia o incluso maduran. Aunque no pensaba hacerlo con mi vida. De nuevo imágenes de bebés arrugados y apestosos me vinieron a la mente. ¿De verdad iba a tener al niño? Todavía no me lo había pensado, seguramente el aborto o incluso la adopción sería lo mejor para mí y para el niño. Cuando volví al mundo real, tan sólo oía a mi madre hablar sin cesar. Una voz grave se elevó, cortando así la femenina:

-¿Y quién es el padre?, preguntó el mío.

Mi mente quedó en blanco. ¿Quién era el padre? No tenía ni idea. Sentía cómo la sangre huía de mi cara, dejando un rostro blanco como la nieve.

-No me digas que no lo sabes, proclamó mi madre.

Lo único que hice fue negar con la cabeza. Tenía que pensar en la forma de encontrar al padre del bebé como fuera. Iba a ser difícil, ya que no disponía de un altavoz como en la sala de niños perdidos de los centros comerciales, pero, al menos tenía que intentarlo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Capítulo 10: El Grito


No pude pensar nada más. Mis ojos echaron un vistazo al cuarto de baño y terminaron por posarse en James. Seguía sin moverse un ápice. Empecé a reír, sin razón aparente. Bueno, tenía una buena: el  miedo de James, que era, sin duda alguna, superior al mío. Mis carcajadas se volvieron histéricas al pensar una cosa: ¿Cómo iba a decírselo a mis padres? Eso era una muy buena pregunta a la que yo no tenía respuesta. Antes de nada, tenía que estar lista para la cena, por lo que me levanté y me arreglé el maquillaje, aunque no hubiera hecho falta. El timbre sonó. Era la hora. Fui a abrir la puerta a mi madre con determinación.

-¡Hola mamá! Llegas tarde, venga vámonos, le dije de carrerilla.

La empujé para que se diera prisa y no paré hasta que estuvimos dentro del coche.

-Hola, cariño, me saludó mi padre.

Ya en el restaurante, sentados en una elegante mesa, comenzamos a hablar. Las preguntas, como si de un interrogatorio se tratase, me bombardearon cuando, en lugar de pedir una bebida alcohólica como de costumbre, elegí un refresco.

-¿Por qué no te pides agua, ya que  estás?, me preguntó mi madre. Anda, cógete una cerveza de las buenas, que hoy invita tu padre.

-No, estoy bien así, contesté.

Mi padre, tras ese extraño suceso, se limitó a mirarme como solía hacer con los sospechosos cuando aún trabajaba en la policía. Esa mirada me aterraba y me había aterrado siempre. Desde pequeña, me hacía confesar cada acto no consentido por él. Así fue cómo, tras mudarme de casa de mis padres, me desmelené y empecé por fin a sentirme completamente libre. Aunque, estaba científicamente demostrado, que cada acto tenía una consecuencia (que me lo pregunten a mí).

-Déjame adivinar lo que te ha pasado, soltó mi madre pensativa. Tienes una amiga en coma etílico y no quieres acabar así, negué con la cabeza. Te has despertado esta mañana con un hombre gordo y feo, negué. Ahora tienes intolerancia al alcohol, negué. A saber dónde iba a llegar esto. Bueno me rindo, dijo finalmente.

Mi padre no había movido un solo dedo. Me estaba preocupando. Tenía que decirlo antes de que mi padre lo adivinara. Pero, ¿Cómo lo hacía? De repente el camarero apareció con los primeros platos. La verdad es que el restaurante era bueno: habían traído la comida en un tiempo record. ¡No! No había tiempo para pensar en el restaurante, tenía que decírselo. Pero el olor del solomillo llagó a mis fosas nasales y además tenía muy buena pinta… cuando me quise dar cuenta, ya tenía un enorme trozo del exquisito manjar en el paladar. Mi padre, desvió la mirada hacia mi madre y comenzó a abrir la boca:

-Luisa…

-¡Estoy embarazada!, le interrumpí.

Mi madre se quedó mirando hacia mi dirección y luego, una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. A continuación soltó un grito de emoción.

lunes, 1 de octubre de 2012

Capítulo 9: El fin es un ¿Comienzo?


Me estremecí ante la idea. Pero no podía ser. Me negaba rotundamente. Debía mantener la calma, no era la primera vez que me pasaba. Ya me he llevado este tipo de sustos más de una vez y siempre habían sido falsas alarmas. Me levanté apoyándome en el váter y llamé a James, que no dudó un segundo y se presentó ante mí. Le miré, un poco asustada y captó rápidamente el mensaje. Desapareció y a los pocos segundos ya tenía en mi poder  un test de embarazo. Me sonrió para alentarme y acto seguido me besó la frente. Cerró la puerta del baño tras de sí, dejándome sola ante lo que más temía. Debía pensar en positivo o, simplemente, dejar de pensar. Hice lo que debía con el palito y me senté a esperar. Recordé cómo me sentí por el primer susto de este tipo: me llegué a hacer a la idea de tener un enano por casa, yendo de un lado para otro y cayéndose sin parar. Pero esta vez, en lugar de tener pensamientos que trataban del lado bueno de la situación, me venían imágenes de críos llorando, arrugando la cara, chillando por los rincones, que vomitan, cagan y mean apestándolo todo a su paso. ¿Cómo podía haber gente que buscaba eso en su vida? Nunca lo entendía, ni nunca lo entenderé. Pero la primera vez que creí estar embarazada, estaba con James e imaginaba una vida juntos, cuidando de un bebé que aunque no fuera de él, querría igual. Eso era bonito e incluso creíble pero ahora ¿Tendría que cuidarlo sola? Seguramente ya que José estaba de por medio. O quizá James se volcaría tanto en mí que olvidaría a su estúpido novio y viviríamos felices de nuevo.

Miré el reloj de pulsera. Ya habían pasado unos minutos y me dispuse a ver el resultado. Mierda. Dos barritas rojas se habían dibujado. Mierda. Mierda. Mierda. No podía ser. Salí pitando, casi temblando, a mi habitación y cogí otro test. Debía de ser un error. Tenía que ser un error. Volví lo más rápido posible al baño. Volví a hacerme el test. James entró sin llamar y me encontró impaciente, mirando la hora cada instante. Me puse de frente a él y le enseñé el test positivo. Se quedó impactado, tan blanco como la nieve, si su tez lo hubiera permitido. Había llegado la hora de la verdad. Bueno, la segunda, pero no por eso menos importante. Lo miré con determinación y en ese mismo momento, me derrumbé emocionalmente. Mis músculos, antes tensos, se dejaron caer como si fabricados de goma estuviesen. Mierda. Miré a James con cara sorprendida y entendió la totalidad de mi mensaje. Y aunque parezca mentira, él estaba más asustado que yo. Sólo pude llegar a una conclusión: adiós diversión y despreocupación, hola maternidad y pañales sucios.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Capítulo 8: Sabotage


Ya eran casi las ocho y me estaba arreglando para la cena con mis padres. Me puse un vestido negro por las rodillas, bastante sencillo y unos zapatos de tacón tan altos que casi era de la misma estatura que James. Me senté junto a mi amigo en el sofá y empezamos a ver el partido de baloncesto hasta que mis padres llegaran.

-¿Te vienes a cenar?, le propuse.

-Lo siento, he quedado con José.

-Por eso odio a los novios, te quitan a tu mejor amigo en un abrir y cerrar de ojos.

-Parece que alguien está celosa.

-¡No estoy celosa! Sólo digo que el amor ahora va a ocuparte más tiempo del que quisiera.

-Eso son celos, tras esa frase le fulminé con la mirada. Anda, dame un besito, me pidió como si se tratara de un niño.

-Pídeselo a tu novio, le respondí poniendo hocico de pato.

En ese momento llamaron a la puerta.

-Será mi madre, proclamé.

Cuando abrí, tan sólo me fijé en unos preciosos y enormes ojos verdes.

-Hola, saludé tendiéndole la mano. Soy Circe, la mejor amiga de James, así como su compañera de piso y la persona más importante de su vida. Y tú debes de ser José.

-Encantado, se limitó a decir.

James nos alcanzó y tras darle un beso a su novio, me susurró al oído:

-¡No le traumatices!

Una sonrisa pícara se trazó en mi rostro. ¿Traumatizarle? Buena idea. No acomodamos en el sofá, de modo a que yo estuviera en medio.

-Bueno, Circe, James me ha hablado mucho de ti.

-¿Enserio? James eres un encanto, pero si soy el tema de vuestras conversaciones es que hay un problema ¿No creéis?

James me lanzó una mirada asesina que hizo que me estremeciera un poco pero, volví en mí cuando recordé mi propósito.

-Circe, ¿No habías quedado con tus padres?, me preguntó James con el fin de que me fuera.

-No te preocupes, mi madre vendrá a recogerme. Hasta entonces disfrutaréis de mi compañía. Por cierto José, a propósito de hablar, James apenas me ha hablado de ti. Es más, sé tu nombre porque habéis notificado que estáis juntos en Facebook.

-¡Qué dices!, exclamó James, luego se volvió a José, te juro que le he hablado de ti.

En ese momento, un mareo me invadió. Salí corriendo hacia el baño y empecé a vomitar. Me empezaba a temer lo peor.

Capítulo 7: ¿Hogar dulce hogar?


Crucé la puerta. Hogar dulce hogar. En el aire tan sólo se respiraba tranquilidad. Eso era muy extraño en esta casa. Sí, era muy extraño… Como si faltara algo.

-¡James! ¡James!, no había respuesta.

Me dirigí hasta su habitación y abrí la puerta mientras decía su nombre.

-James…

En ese momento, algo se movía debajo de la sabana de la cama de James y se oían risitas. Cerré la puerta de golpe con la esperanza de que no me hubieran oído y me fui silenciosamente hasta mi cuarto. Allí me tumbé en la cama y comencé a reírme tontamente. Mis tripas rugieron como esta mañana: el hambre me volvió a invadir. Fui a la cocina, cogí la tortilla que sobró anoche y comencé a comérmela casi con ansia. La puerta del cuarto de mi compañero de piso se abrió y salió, junto a él, un hombre un poco más bajo, moreno y con unos impactantes ojos verdes. Se despidieron con un apasionado beso. Acto seguido James se puso a mi lado y empezó a picotear de mi comida, en contra de mi voluntad.

-¿Quién era ese hombretón? Estaba para comérselo y repetir, le dije exagerando la última frase.

-¿Es que no te conformas con los heteros que ahora vas a por el novio de tu mejor amigo?

-¡Un momento! ¡Has dicho novio! Cuenta que me tienes al margen de tu vida.

Se sentó en la encimera, acomodándose.

-Se llama José y llevamos un tiempo saliendo, me informó sonriendo.

-Me alegro mucho por ti.

Me miró con expresión sorprendida.

-¿Quién te ha lavado el cerebro?

-¿Disculpa?

-¿Dónde está la chica que estaba totalmente en contra de las relaciones y maldecía a las personas que sólo habían practicado el sexo entre ellas?

-¡Oh, por Dios! Déjame, estoy intentando comer. Y por cierto, si no fuera por mí, todas esas cosas que le estabas haciendo a tu novio ahí dentro no las sabrías hacer.

-Ah, es verdad, tú me sacaste del armario, cuando me enseñaste tales cosas.

-Sí, y quiero pensar que saliste porque no eres lo suficientemente hombre para tanta mujer.

Su mirada tornó desafiante y me cogió, alzándome en su hombro y me lanzó contra el sofá. Luego empezó a hacerme cosquillas y se tumbó a mi lado.

-¿Dónde has estado esta noche? Me tenías preocupado.

-Lo siento, papá. La próxima vez llamaré, si no estoy muy borracha. Y, ahora, si me disculpas voy a echar el chocolate caliente.

Me dirigí a paso ligero al baño y vomité lo que tomé esa mañana. Tanto movimiento no era bueno para mí. James apareció detrás de mí y me sujetó el pelo.

-Gracias, le susurré.

-Como en el baile de fin de curso.

Cuando mi estómago volvió a quedar vacío, me lavé los dientes y me dirigí de nuevo a la cocina. James me había preparado una saludable ensalada. Qué asco, ni que fuera una vaca. Al principio me quejé pero luego me sentó tan bien que incluso se lo agradecí.

Capítulo 6: Desayuno con alumnos


Para dar quehacer a los alumnos, les puse un vídeo en Youtube. Por fin podría descansar un poco. Me acomodé en la silla de madera (que ya podrían haber puesto un sillón), puse los pies en la mesa y cerré los ojos. Pero no podía dormir, ni siquiera descansar, pues me moría de hambre. Mis tripas rugían por no tener alimento alguno desde el día anterior. Salí del aula, no sin antes pedir a los chicos que se comportaran y me dirigí a la clase de Adriana. La pillé in fraganti corrigiendo un ejercicio. La cogí del brazo pero ésta se resistió.

-No puedo dejar solos a mis alumnos, me previno. Y tú tampoco deberías.

-Por favor, si tienen ¿Cuántos? ¿Ocho años? A esa edad son más buenos que el pan. No van a hacer nada, a no ser que hayan visto Superman y les dé por tirarse por la ventana.

Viendo que mis palabras no la convencían, me decanté por señalar a un chico de la primera fila:

-Tú, si tú. Ven aquí.

Se acercó, situándose a mi lado.

-Corrige el ejercicio y si alguien habla o se comporta mal, apuntas su nombre en la pizarra.

Miré a la profesora.

-Todo solucionado, hala, vente.

La agarré del brazo y la llevé al pasillo.

-¿Se puede saber dónde estabas?, me preguntó.

-No en el entierro de mi padre, eso te lo aseguro.

-Lo siento, no se me ocurría nada más.

-Bueno, eso ahora no importa. Venía a pedirte dinero, me muero de hambre y todo lo que llevaba me lo he gastado en un taxi.

-¿Todo? ¿Pero de dónde vienes?

-De Alcobendas. Bueno, ¿Me dejas algo? Te lo devolveré.

De su bolsillo sacó diez euros y me los dio. La abracé en agradecimiento y me fui directa a la pequeña cafetería donde me cogí una taza de chocolate caliente y un bollo bastante grande. Después entré en clase con chocolate y bollo en mano y me senté en mi lugar.

-Carla, dije a una chica, léenos lo que has hecho.

La niña obedeció y, cuando hubo terminado, alguien hizo un comentario que provocó la risa de los de alrededor.

-¿De qué os reís?, les pregunté.

-De nada señora.

-Demasiado tarde, os he pillado.

Negaron con la cabeza, rehuyendo mi mirada.

-Venga, contadlo para que nos riamos todos, al no haber respuesta les advertí. Bueno, que no se repita u os envío al director ¿Está claro?

-Sí.

Todos los alumnos fueron leyendo lo que habían escrito mientras yo desayunaba. Cuando hubieron terminado les dejé salir pues la clase había llegado a su fin, al igual que mi chocolate. Salí del edificio y, con el dinero prestado que me sobró, cogí el metro hasta casa. Por fin.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Capítulo 5: El Derrame


-Bueno… Quiero decir que… ¡Rápido! ¡Necesitaba una excusa de inmediato! ¡Vamos, piensa!, la verdad es que hemos quedado para cenar, sí… en el hospital.

Su cara tornó sorprendida. Por favor, tenía que creérselo…

-Vaya, y ¿Qué le ha pasado para que esté ingresado?

-Pues resulta de que… Tuvo un derrame cerebral, esta mañana y… ya sabe… tuve que acompañarle para ver qué tal le iba y tal… además no le gustan los hospitales. Ya sabe, enfermeras, inyecciones, gérmenes por doquier…

-Ya veo… bueno, y ¿Qué tal se encuentra ahora?

-Ya está estable, dije embozando una sonrisa. Si me disculpa, tengo que ir a dar clase.

Me fui pitando al aula y allí estaban mis alumnos, más conocidos como el futuro de España: algunos estaban de pie sobre las mesas, otros gritando como si no hubiera mañana, dos metiéndose la lengua hasta la campanilla y unos cuantos tirando bolas de papel y escribiendo gilipolleces en la pizarra. Supongo que si fueran a ser los nuevos monos del zoo, estaría más tranquila. El macho alfa de la clase, por llamarlo de alguna forma, gritó:

-¡La profe ha llegado!

Mis alumnos se pusieron a aplaudir y entre silbidos y halagos llegué hasta mi mesa. Me senté pero los críos no hicieron lo mismo, siguieron con sus menesteres. Cogí mi bolso de fiesta y di un golpe en la mesa con él. Agradecí que fuera duro, porque si no mi móvil, así como otros objetos valiosos que llevaba quedarían destrozados. El sonido, por suerte, tuvo cierto impacto entre los monos de feria y se sentaron correctamente. Sus caras, de pronto, parecían angelicales y atentas. Me levanté de mi sitio y me puse frente a ellos. Algunas chicas, se quedaron mirando mis pies (he de admitirlo, mis zapatos de tacón alto eran, como poco, legendarios).

-¿Qué, te gustan?, le pregunté a la chica de la primera fila.

Ella se limitó a sonreír y a asentir.

-¡Y a mí también señora!, exclamó una de la última fila.

De repente un eco de “Y a mí” que provenían de voces femeninas se levantó e invadió toda la sala. Rogué silencio y a continuación dije:

-¿Queréis dar una clase sobre mis zapatos o una sobre sintaxis?

-¡De sintaxis, por favor!, rogó un chico.

-¡No! ¡No le haga caso, señora!, dijeron la mayoría a coro.

-Pues hoy no va a ser de ni uno ni lo otro, les informé. Había pensado en hacer un debate, sólo si hay silencio.

Algunos se entusiasmaron, otros resoplaron y los que quedaban, miraban las musarañas.

-Preferimos que nos cuente su vida, que es más interesante que el aborto, dijo la chica del fondo.

-Vaya, creo que es lo más bonito que me han dicho hoy, dije. Pero, no pienso hacerlo. Así que sacad una hoja.

-¡No! ¡Examen no!

- Tranquilos, no es un examen. Pero podría convertirse en uno si no hay silencio. Voy a poneros un video y quiero que elijáis una persona que aparezca y que os inventéis su vida. ¿Entendido?

No les di tiempo a quejarse y aunque lo hubieran hecho no les había hecho el más mínimo caso.

Capítulo 4: Marionetas


Ante la presión que ejercía sobre mí la constante mirada del taxista, le miré con una sonrisa ligeramente falsa para buscar el más mínimo ápice de humanidad (A parte de la del olor del taxi) para que me perdonara los dos míseros euros que me faltaban. Puso los ojos en blanco y cogió el dinero que sostenía en la mano.

-No te vas a librar de mí tan fácilmente, me informó, pienso cobrarte lo que todavía me debes.

-Vale, respondí, indiferente. Me parecía un poco injusto para él: no iba a volver a verle nunca.

El conductor siguió su camino. Cuando miré la entrada del edificio estaba vacía. Miré a los tres tontos que aún quedaban a mi lado y les advertí:

-¿Qué demonios hacéis que no estáis en clase? Ale, andando.

Me miraron confundidos.

-Pero si usted está aún aquí.

-Eso no viene a cuento, yo soy la profesora y tengo derecho a llegar tarde. En cambio vosotros sólo sois marionetas del colegio que tienen que llegar a su hora. Así que a clase u os expulso.

Se quedaron atónitos y se quejaron en voz baja, pero conseguí que me dejaran en paz.

Me dirigí a la sala de profesores para asegurar mi llegada y que no me descontaran este día en el sueldo. Pero el director tenía ganas de charla y no parecía de muy buen humor como me dijo Adriana. ¡Por Dios que no me despidan! Aunque un movimiento inesperado me pilló por sorpresa: me puso la mano en el hombro.

-¿Qué tal está tu madre?, me preguntó.

¿Mi madre? ¿Qué le pasaba a mi madre? Un momento… Adriana. Esa chica no sabe mentir y menos aún inventarse una buena excusa por mi desaparición durante la mañana. Tenía que averiguar qué le había dicho, pero como estaba en clase no pude preguntarle. Tan sólo podía hacer una cosa: seguirle la corriente.

-Mejor, dije con un aire triste.

-Sé que es muy duro, pero tienes que superarlo. Tenía que pasar tarde o temprano. Si quieres tómate el día libre, yo te sustituiré.

Vale, esto no me gustaba nada. Pero nada de nada. ¿Tarde o temprano? Eso sonaba a…

-Disculpe, pero ¿Qué le ha dicho Adriana?, me atreví a preguntar.

-Pues que tu padre ha… bueno ya sabes…

-Alto, alto, alto, alto… Mi padre no ha muerto, me apresuré a decir, es más, voy a cenar con él esta noche.

-Que no está… Entonces, ¿Por qué no has aparecido esta mañana?

Me quedé paralizada. No sabía qué decir. Ya me advirtió de que la próxima vez que me retrasara sin un motivo aparente me despedía.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Capítulo 3: Manipulación


Intenté enfocar desde otra perspectiva esta situación, que sinceramente, no era la primera vez que me pasaba. En primer lugar el jefe estaba de buen humor (cosa que no se ve a menudo), punto positivo. Después, la reunión se iba a prolongar por lo tanto las clases no empezarían hasta dentro de un buen rato, punto positivo. De momento Circe dos, colegio cero. Pero por otra parte no llevaba nada. Mierda, los apuntes. No tenía nada preparado para dar clase, y aunque hubiera tenido tiempo de cogerlos tampoco llevaría nada preparado. ¡Menudo fin de semana! Entre bar y bar y discoteca y discoteca lo único que hice fue triunfar, modestia aparte. Pero por desgracia era lunes. El peor día de la semana. Es la jornada que te hace volver al mundo real, dónde eres esclava de un empleo sin futuro, sobre todo el mío (¿O acaso no habéis visto la decadencia de los adolescentes y lo salidos que están?), dónde la diversión con alcohol se aparca y durante la cual la ciudad se sume en la pereza y el aburrimiento. Se me ocurrió una idea: un debate. Ocuparía todo el tiempo de clase de los distintos cursos. Y además podría centrarse en los lunes. Perfecto. Asunto zanjado. Circe tres colegio cero.

Mi móvil volvió a sonar. Esta vez se trataba de mi madre.

-Hola, mamá.

-Hola, cariño. Te llamaba para preguntar si tienes planes para esta noche, aparte de emborracharte y llevarte a algún mozo al huerto, dijo de forma irónica. Siempre solíamos gastarnos ese tipo de bromas.

-Pues la verdad es que no, mamá. ¿Por qué lo preguntas? ¿Pensabas invitarme a un botellón?

-Más o menos. Tu padre se ha empeñado en cenar los tres juntos, esta noche.

-Vaya ¿Y a qué viene esta celebración?

-Porque es su santo y quiere invitarnos a un restaurante caro, así que vente arreglada.

-Por supuesto.

-Pasaremos a recogerte sobre las ocho.

-Vale, te dejo a solas con tu Martini.

-¿Cómo puedes pensar que me estoy tomando un Martini a las 10 y media de la mañana? ¿No sabes que es la hora del whisky?

-Perdone usted, señora, respondí con voz de hombre, acto seguido colgué.

Miré al frente y me fijé que en el espejo retrovisor. Se reflejaban en él los ojos del conductor que apuntaban hacia mí.

-¿Qué mira?, le pregunté.

-Perdone usted, señora, respondió, imitándome. Me hizo reír.

Pasó un largo minuto invadido por el silencio. Miré a través de la ventanilla y reconocí la calle. Por fin el trayecto había llegado a su fin. El taxi paró en frente del colegio. Bueno, más bien el edificio convertido en colegio. Los estudiantes ya estaban llegando. Pagué al taxista lo que ponía en el taxímetro y éste se me quedó mirando fijamente.

-Ah, los 50 euros… Pues verá señor, tan sólo puedo darle 20. No tengo más…

-Quiero los 50 euros. Íntegros.

En ese momento me fijé en que cuatro de mis alumnos estaban a dos pasos. Desde el coche, les pedí que se acercaran.

-Hola, chicos. ¿Me podéis hacer un favorcito?

-Claro, señora, respondió uno de ellos.

-Bien, perfecto. ¿Me prestáis 30 euros? Os los devolveré. Lo prometo.

-Está hecho. Pero, a cambio debe subirnos la nota del último examen.

-¿Qué? ¿Estáis locos? Me podrían despedir por eso.

-Usted misma.

Me resigné. Les subiría una décima, tampoco creía que se dieran cuenta los de dirección.

-De acuerdo.

Echaron mano de sus carteras y cada uno aportó un poco, pero no reunía el dinero suficiente. estaba a sólo dos euros de conseguir saldar mi cuenta con el conductor.