Me estremecí ante la idea. Pero no podía ser.
Me negaba rotundamente. Debía mantener la calma, no era la primera vez que me
pasaba. Ya me he llevado este tipo de sustos más de una vez y siempre habían
sido falsas alarmas. Me levanté apoyándome en el váter y llamé a James, que no
dudó un segundo y se presentó ante mí. Le miré, un poco asustada y captó rápidamente
el mensaje. Desapareció y a los pocos segundos ya tenía en mi poder un test de embarazo. Me sonrió para alentarme
y acto seguido me besó la frente. Cerró la puerta del baño tras de sí, dejándome
sola ante lo que más temía. Debía pensar en positivo o, simplemente, dejar de pensar.
Hice lo que debía con el palito y me senté a esperar. Recordé cómo me sentí por
el primer susto de este tipo: me llegué a hacer a la idea de tener un enano por
casa, yendo de un lado para otro y cayéndose sin parar. Pero esta vez, en lugar
de tener pensamientos que trataban del lado bueno de la situación, me venían
imágenes de críos llorando, arrugando la cara, chillando por los rincones, que
vomitan, cagan y mean apestándolo todo a su paso. ¿Cómo podía haber gente que
buscaba eso en su vida? Nunca lo entendía, ni nunca lo entenderé. Pero la
primera vez que creí estar embarazada, estaba con James e imaginaba una vida
juntos, cuidando de un bebé que aunque no fuera de él, querría igual. Eso era
bonito e incluso creíble pero ahora ¿Tendría que cuidarlo sola? Seguramente ya
que José estaba de por medio. O quizá James se volcaría tanto en mí que
olvidaría a su estúpido novio y viviríamos felices de nuevo.
Miré el reloj de pulsera. Ya habían pasado unos
minutos y me dispuse a ver el resultado. Mierda. Dos barritas rojas se habían
dibujado. Mierda. Mierda. Mierda. No podía ser. Salí pitando, casi temblando, a
mi habitación y cogí otro test. Debía de ser un error. Tenía que ser un error. Volví
lo más rápido posible al baño. Volví a hacerme el test. James entró sin llamar y
me encontró impaciente, mirando la hora cada instante. Me puse de frente a él y
le enseñé el test positivo. Se quedó impactado, tan blanco como la nieve, si su
tez lo hubiera permitido. Había llegado la hora de la verdad. Bueno, la
segunda, pero no por eso menos importante. Lo miré con determinación y en ese
mismo momento, me derrumbé emocionalmente. Mis músculos, antes tensos, se
dejaron caer como si fabricados de goma estuviesen. Mierda. Miré a James con
cara sorprendida y entendió la totalidad de mi mensaje. Y aunque parezca
mentira, él estaba más asustado que yo. Sólo pude llegar a una conclusión: adiós
diversión y despreocupación, hola maternidad y pañales sucios.
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