lunes, 1 de octubre de 2012

Capítulo 9: El fin es un ¿Comienzo?


Me estremecí ante la idea. Pero no podía ser. Me negaba rotundamente. Debía mantener la calma, no era la primera vez que me pasaba. Ya me he llevado este tipo de sustos más de una vez y siempre habían sido falsas alarmas. Me levanté apoyándome en el váter y llamé a James, que no dudó un segundo y se presentó ante mí. Le miré, un poco asustada y captó rápidamente el mensaje. Desapareció y a los pocos segundos ya tenía en mi poder  un test de embarazo. Me sonrió para alentarme y acto seguido me besó la frente. Cerró la puerta del baño tras de sí, dejándome sola ante lo que más temía. Debía pensar en positivo o, simplemente, dejar de pensar. Hice lo que debía con el palito y me senté a esperar. Recordé cómo me sentí por el primer susto de este tipo: me llegué a hacer a la idea de tener un enano por casa, yendo de un lado para otro y cayéndose sin parar. Pero esta vez, en lugar de tener pensamientos que trataban del lado bueno de la situación, me venían imágenes de críos llorando, arrugando la cara, chillando por los rincones, que vomitan, cagan y mean apestándolo todo a su paso. ¿Cómo podía haber gente que buscaba eso en su vida? Nunca lo entendía, ni nunca lo entenderé. Pero la primera vez que creí estar embarazada, estaba con James e imaginaba una vida juntos, cuidando de un bebé que aunque no fuera de él, querría igual. Eso era bonito e incluso creíble pero ahora ¿Tendría que cuidarlo sola? Seguramente ya que José estaba de por medio. O quizá James se volcaría tanto en mí que olvidaría a su estúpido novio y viviríamos felices de nuevo.

Miré el reloj de pulsera. Ya habían pasado unos minutos y me dispuse a ver el resultado. Mierda. Dos barritas rojas se habían dibujado. Mierda. Mierda. Mierda. No podía ser. Salí pitando, casi temblando, a mi habitación y cogí otro test. Debía de ser un error. Tenía que ser un error. Volví lo más rápido posible al baño. Volví a hacerme el test. James entró sin llamar y me encontró impaciente, mirando la hora cada instante. Me puse de frente a él y le enseñé el test positivo. Se quedó impactado, tan blanco como la nieve, si su tez lo hubiera permitido. Había llegado la hora de la verdad. Bueno, la segunda, pero no por eso menos importante. Lo miré con determinación y en ese mismo momento, me derrumbé emocionalmente. Mis músculos, antes tensos, se dejaron caer como si fabricados de goma estuviesen. Mierda. Miré a James con cara sorprendida y entendió la totalidad de mi mensaje. Y aunque parezca mentira, él estaba más asustado que yo. Sólo pude llegar a una conclusión: adiós diversión y despreocupación, hola maternidad y pañales sucios.

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