No pude pensar nada más. Mis ojos echaron un
vistazo al cuarto de baño y terminaron por posarse en James. Seguía sin moverse
un ápice. Empecé a reír, sin razón aparente. Bueno, tenía una buena: el miedo de James, que era, sin duda alguna,
superior al mío. Mis carcajadas se volvieron histéricas al pensar una cosa:
¿Cómo iba a decírselo a mis padres? Eso era una muy buena pregunta a la que yo
no tenía respuesta. Antes de nada, tenía que estar lista para la cena, por lo
que me levanté y me arreglé el maquillaje, aunque no hubiera hecho falta. El
timbre sonó. Era la hora. Fui a abrir la puerta a mi madre con determinación.
-¡Hola mamá! Llegas tarde, venga vámonos, le
dije de carrerilla.
La empujé para que se diera prisa y no paré
hasta que estuvimos dentro del coche.
-Hola, cariño, me saludó mi padre.
Ya en el restaurante, sentados en una elegante
mesa, comenzamos a hablar. Las preguntas, como si de un interrogatorio se
tratase, me bombardearon cuando, en lugar de pedir una bebida alcohólica como
de costumbre, elegí un refresco.
-¿Por qué no te pides agua, ya que estás?, me preguntó mi madre. Anda, cógete
una cerveza de las buenas, que hoy invita tu padre.
-No, estoy bien así, contesté.
Mi padre, tras ese extraño suceso, se limitó
a mirarme como solía hacer con los sospechosos cuando aún trabajaba en la policía.
Esa mirada me aterraba y me había aterrado siempre. Desde pequeña, me hacía
confesar cada acto no consentido por él. Así fue cómo, tras mudarme de casa de
mis padres, me desmelené y empecé por fin a sentirme completamente libre. Aunque,
estaba científicamente demostrado, que cada acto tenía una consecuencia (que me
lo pregunten a mí).
-Déjame adivinar lo que te ha pasado, soltó
mi madre pensativa. Tienes una amiga en coma etílico y no quieres acabar así,
negué con la cabeza. Te has despertado esta mañana con un hombre gordo y feo,
negué. Ahora tienes intolerancia al alcohol, negué. A saber dónde iba a llegar
esto. Bueno me rindo, dijo finalmente.
Mi padre no había movido un solo dedo. Me estaba
preocupando. Tenía que decirlo antes de que mi padre lo adivinara. Pero, ¿Cómo
lo hacía? De repente el camarero apareció con los primeros platos. La verdad es
que el restaurante era bueno: habían traído la comida en un tiempo record. ¡No!
No había tiempo para pensar en el restaurante, tenía que decírselo. Pero el
olor del solomillo llagó a mis fosas nasales y además tenía muy buena pinta…
cuando me quise dar cuenta, ya tenía un enorme trozo del exquisito manjar en el
paladar. Mi padre, desvió la mirada hacia mi madre y comenzó a abrir la boca:
-Luisa…
-¡Estoy embarazada!, le interrumpí.
Mi madre se quedó mirando hacia mi dirección
y luego, una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. A continuación soltó un
grito de emoción.
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