miércoles, 3 de octubre de 2012

Capítulo 10: El Grito


No pude pensar nada más. Mis ojos echaron un vistazo al cuarto de baño y terminaron por posarse en James. Seguía sin moverse un ápice. Empecé a reír, sin razón aparente. Bueno, tenía una buena: el  miedo de James, que era, sin duda alguna, superior al mío. Mis carcajadas se volvieron histéricas al pensar una cosa: ¿Cómo iba a decírselo a mis padres? Eso era una muy buena pregunta a la que yo no tenía respuesta. Antes de nada, tenía que estar lista para la cena, por lo que me levanté y me arreglé el maquillaje, aunque no hubiera hecho falta. El timbre sonó. Era la hora. Fui a abrir la puerta a mi madre con determinación.

-¡Hola mamá! Llegas tarde, venga vámonos, le dije de carrerilla.

La empujé para que se diera prisa y no paré hasta que estuvimos dentro del coche.

-Hola, cariño, me saludó mi padre.

Ya en el restaurante, sentados en una elegante mesa, comenzamos a hablar. Las preguntas, como si de un interrogatorio se tratase, me bombardearon cuando, en lugar de pedir una bebida alcohólica como de costumbre, elegí un refresco.

-¿Por qué no te pides agua, ya que  estás?, me preguntó mi madre. Anda, cógete una cerveza de las buenas, que hoy invita tu padre.

-No, estoy bien así, contesté.

Mi padre, tras ese extraño suceso, se limitó a mirarme como solía hacer con los sospechosos cuando aún trabajaba en la policía. Esa mirada me aterraba y me había aterrado siempre. Desde pequeña, me hacía confesar cada acto no consentido por él. Así fue cómo, tras mudarme de casa de mis padres, me desmelené y empecé por fin a sentirme completamente libre. Aunque, estaba científicamente demostrado, que cada acto tenía una consecuencia (que me lo pregunten a mí).

-Déjame adivinar lo que te ha pasado, soltó mi madre pensativa. Tienes una amiga en coma etílico y no quieres acabar así, negué con la cabeza. Te has despertado esta mañana con un hombre gordo y feo, negué. Ahora tienes intolerancia al alcohol, negué. A saber dónde iba a llegar esto. Bueno me rindo, dijo finalmente.

Mi padre no había movido un solo dedo. Me estaba preocupando. Tenía que decirlo antes de que mi padre lo adivinara. Pero, ¿Cómo lo hacía? De repente el camarero apareció con los primeros platos. La verdad es que el restaurante era bueno: habían traído la comida en un tiempo record. ¡No! No había tiempo para pensar en el restaurante, tenía que decírselo. Pero el olor del solomillo llagó a mis fosas nasales y además tenía muy buena pinta… cuando me quise dar cuenta, ya tenía un enorme trozo del exquisito manjar en el paladar. Mi padre, desvió la mirada hacia mi madre y comenzó a abrir la boca:

-Luisa…

-¡Estoy embarazada!, le interrumpí.

Mi madre se quedó mirando hacia mi dirección y luego, una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. A continuación soltó un grito de emoción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario