Empecé la mañana escuchando un irritante
ruido que se repetía una y otra vez. En efecto, se trataba del despertador.
Intenté pararlo con fuertes manotazos pero no funcionó. Era la alarma del
móvil. En primer lugar tuve que desbloquearlo y luego ya pude desactivarla. A
continuación, miré el reloj: eran las ocho de la mañana de un segundo lunes.
Tras abrir la ventana, salí hacia la cocina a desayunar pues el hambre me
podía. Me serví unos exquisitos bollos, que sinceramente no sabía de dónde
habían salido, y una buena taza de café con leche. Mientras saciaba mi apetito,
James salió de su habitación. Parecía que añoraba más la cama que yo. Terminé
de comer y, ya vestida, cogí el coche para ir al trabajo. Esta vez llegué
puntual, sin prisas ni agobios, sólo aburrimiento. Después de dar las clases
matutinas, hicimos una pausa de unos quince minutos, durante los cuales me
dediqué a darle la noticia a Adriana y a llamar a mi queridísimo ginecólogo
para concertar una cita. Logré una al terminar las clases. Si os estabais
preguntando sobre la reacción de mi compañera, os informaré de que no estuvo
muy contenta ya que se enteró de que no estaba casada, es más ni siquiera sabía
quién era el padre. Ya terminadas las eternas clases, me puse en camino hacia
la consulta del médico. Por el camino me llamaron tanto mi madre como James,
pero les hice caso omiso: era una buena conductora.
-¡Circe!
Me llamaban para pasar al despacho de la
tortura. Al entrar comprobé que el anciano que debería estar en aquella silla
no estaba. Tan sólo había un atractivo hombre, en muy buena forma física que
llamaba mi atención como no habían hecho en años. Esto parecía el comienzo de
una película porno, salvo por lo del embarazo.
-Bien, Circe, cuéntame que te pasa, me dijo
el apuesto médico.
Me quedé atolondrada, pero pude responder un
minuto después bajo la mirada desconcertada del hombre.
-Pues… el otro día descubrí que estaba
embarazada… y bueno, quería saber el estado del bebé.
-¿De cuándo está?
-De más o menos un mes
-Perfecto, pues quítese los pantalones y
túmbese en la camilla, añadió con una sonrisa complaciente.
Eso me hizo pensar mal. ¿Y si era un
pervertido peor que el anterior? Por muy bueno que estuviese no debería dejarme
hacer tan rápidamente. Es por eso que estoy en esta situación.
-¿No vamos un poco deprisa? Podríamos esperar
a la próxima cita médica…
Me miró sorprendido. Luego relajó la
expresión.
-Vaya, ¿Marido celoso?
-¿Marido? No, no, no… Estoy soltera.
-Entonces es que te cuesta abrirte.
-De eso nada. Créame, es muy abierta de
piernas, dijo una voz tras de mí. Con ese comentario sólo podía tratarse de mi
madre.
Me giré hacia ella:
-¿Se puede saber cómo me has encontrado?
-Una amiga que está en la sala de espera me
llamó para decirme que estabas aquí, me apartó con el brazo. Hola, encantada,
me llamo Luisa, dijo sonriente al médico.
-Lo mismo digo. Oiga, ¿Ustedes son parientes?
Ambas asentimos, mi madre más sonriente que
yo.
-Soy su hermana, informó mi madre.
-Más bien madre, corregí.
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