Ya terminada la cena nos metimos en el coche,
de vuelta a casa. Cuando entré por la puerta, James estaba solo: no había ni
rastro de José. Por un lado me sentí aliviada, pero por otro estaba en una
especie de obsesión: Tenía que encontrar al padre del niño. Me senté junto a
James, que como siempre, estaba en el sofá y móvil en mano, miré mis contactos
en la agenda. Daba gracias de que fuera lo suficientemente ordenada como para
borrar los números de teléfono de mi aparato que tuvieran más de un mes de antigüedad.
Me provisioné, luego, de un bolígrafo y un bloc de notas y comencé a escribir
nombre, apellido (quien lo ponía) y número.
-Vale, entiendo lo que estás haciendo, me
dijo James. Pero ¿No será mejor saber de cuánto estás antes de buscar al padre?
Si no estarás dando palos de ciego.
Mierda. Tenía razón. ¿Cómo iba a saber quién
era el padre si no sabía la fecha? Es más, si estuviera embarazada de más de un
mes… ¿Cómo iba a buscar una persona en una ciudad de unos siete millones de
habitantes, suponiendo que no hayan huido del país? Esto se volvía cada vez más
complicado e iba perdiendo la esperanza.
-¿Pido una cita con el ginecólogo?, concluí.
Tan sólo asintió y añadió:
-Pero no ahora, son las diez de la noche.
-En ese caso me voy a dormir.
Tras besarle en su despejada cabeza me dirigí
a mi habitación.
-Que durmáis bien, dijo desde su posición.
Tras lavarme y ponerme el pijama, me tumbé en
la cama. No podía dormir. Todo esto me superaba. Era prácticamente imposible
que un diminuto ser estuviera creciendo dentro de mí, me parecía irracional. Una
sonrisa se dibujó en mi rostro ante la idea de no estar sola, ahora que James
estaba en una estúpida relación. Pero ¿Y si yo estuviera en una relación?
¿Estaría igual de asustada o me sentiría segura? Por mucho que lo negara, necesitaba
a alguien que estuviera a mi lado en todo momento, que me quisiera y al que importara.
No me quejaría si mi vida fuera como una comedia romántica. Definitivamente,
debía encontrarle: a su padre biológico y a su futuro padre. Por él. Por mí.
Inconscientemente, mi mano hacía ligeros
círculos sobre mi vientre y mi boca se torcía aún más, formando una sonrisa
mucho más amplia. No podía abortar, ni darlo en adopción. Quizá fuera por las
hormonas, pero me sentía más feliz y tonta que nunca. Además, tener algo que
dependía de mí me hacía sentir bien, e incluso, responsable. Era mío.
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