jueves, 4 de octubre de 2012

Capítulo 12: Contactos


Ya terminada la cena nos metimos en el coche, de vuelta a casa. Cuando entré por la puerta, James estaba solo: no había ni rastro de José. Por un lado me sentí aliviada, pero por otro estaba en una especie de obsesión: Tenía que encontrar al padre del niño. Me senté junto a James, que como siempre, estaba en el sofá y móvil en mano, miré mis contactos en la agenda. Daba gracias de que fuera lo suficientemente ordenada como para borrar los números de teléfono de mi aparato que tuvieran más de un mes de antigüedad. Me provisioné, luego, de un bolígrafo y un bloc de notas y comencé a escribir nombre, apellido (quien lo ponía) y número.

-Vale, entiendo lo que estás haciendo, me dijo James. Pero ¿No será mejor saber de cuánto estás antes de buscar al padre? Si no estarás dando palos de ciego.

Mierda. Tenía razón. ¿Cómo iba a saber quién era el padre si no sabía la fecha? Es más, si estuviera embarazada de más de un mes… ¿Cómo iba a buscar una persona en una ciudad de unos siete millones de habitantes, suponiendo que no hayan huido del país? Esto se volvía cada vez más complicado e iba perdiendo la esperanza.

-¿Pido una cita con el ginecólogo?, concluí.

Tan sólo asintió y añadió:

-Pero no ahora, son las diez de la noche.

-En ese caso me voy a dormir.

Tras besarle en su despejada cabeza me dirigí a mi habitación.

-Que durmáis bien, dijo desde su posición.

Tras lavarme y ponerme el pijama, me tumbé en la cama. No podía dormir. Todo esto me superaba. Era prácticamente imposible que un diminuto ser estuviera creciendo dentro de mí, me parecía irracional. Una sonrisa se dibujó en mi rostro ante la idea de no estar sola, ahora que James estaba en una estúpida relación. Pero ¿Y si yo estuviera en una relación? ¿Estaría igual de asustada o me sentiría segura? Por mucho que lo negara, necesitaba a alguien que estuviera a mi lado en todo momento, que me quisiera y al que importara. No me quejaría si mi vida fuera como una comedia romántica. Definitivamente, debía encontrarle: a su padre biológico y a su futuro padre. Por él. Por mí.

Inconscientemente, mi mano hacía ligeros círculos sobre mi vientre y mi boca se torcía aún más, formando una sonrisa mucho más amplia. No podía abortar, ni darlo en adopción. Quizá fuera por las hormonas, pero me sentía más feliz y tonta que nunca. Además, tener algo que dependía de mí me hacía sentir bien, e incluso, responsable. Era mío.

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