lunes, 29 de octubre de 2012

Capítulo 15: El Drama


Me acerqué a la ventanilla que daba al asiento de mi padre y le besé en la mejilla para despedirme.

-¿No quieres que te llevemos?, me ofreció.

-No, qué va. Tengo en coche aquí al lado.

El coche arrancó  y me dejó sola. Me dirigí al mío y llegué a casa, por fin. James todavía no había llegado, lo que me permitió seguir disfrutando de mi soledad. Fui a la nevera, me apoderé de una enorme tarrina de helado y me senté en el sofá a deleitarme de aquel manjar. Cambié de canal hasta que di con una película romántica y comencé a verla. He de precisar que nunca jamás me había decantado por ver este tipo de películas. Allá donde estén Indiana Jones u Hora Punta que se aparten Titanic o Crepúsculo. Pero, esta vez era distinta. Vi, por vez primera, Moulin Rouge. Y sinceramente, me gustó. Aunque de lo que más disfruté fue la cara que se le quedó a James, cuando entró en casa y me vio llorando como un bebé. Pero se calmó cuando se fijó que estaba viendo tal drama. Apostaría a que se la sabe de memoria.

Cuando terminamos de ver la película, nos quedamos en el sofá a charlar. Nos contamos nuestro día.

-Hoy en el trabajo, no me han dejado parar ni un momento. Ni siquiera para tomarme un sándwich…

-Oye, ¿Y qué tal te va con José?, le asombró lo directa que fui.

-Pues, bastante bien. Estoy muy contento con él. Creo que esto va enserio.

-Vaya, ¿Y te ves preparado para dar el paso? Con lo bien que estabas soltero y sin compromiso.

-¿Sabes? Yo creo que estaba harto de esa vida. Quiero madurar. Y tú deberías hacer lo mismo, esa criaturita debe tener una madre responsable.

-Sí, ya bueno, mejor otro día. ¿Pero vas a cerrar tus puertas? A lo mejor no es el hombre de tu vida.

-¿Qué estás insinuando?

-Nada, nada… Ah, hoy he conocido a un hombre guapísimo, inteligente y muy majo.

-¿Has quedado con él?

-¿Quedar? Pero si es gay.

James me fulminó con la mirada y se fue a su habitación.

lunes, 22 de octubre de 2012

Capítulo 14: Una Cita Desconcertante


Mi progenitora me fulminó con la mirada y añadió:

-¿Desde cuándo eres tan sincera con el ginecólogo?

-Desde que tú ya no me acompañas.

-¡Oigan, señoras!, interrumpió. Usted vaya a la camilla, dijo señalándome, y usted tome asiento, se dirigió a mi madre.

Luego se acercó a mí y me tendió una bata color verde enfermizo. Me señaló una cortinilla del mismo tono que el uniforme y me dio un ligero empujoncito hacia ella. Supongo que tendría que hacerlo, qué remedio. Cuando salí del cambiador, mi madre y el ginecólogo estaban teniendo una conversación como si de toda la vida se conociesen. Me aclaré la garganta para que se percataran de que ya estaba lista, por llamarlo de alguna forma. Me tumbé con las piernas en alto y el guaperas del médico me introdujo algo duro y frío.

-Como el feto es muy pequeño todavía, no se puede ver con la ecografía normal, me explicó totalmente calmado, estaba claro que el perjudicado aquí no era él. Si miras por la pantalla, podrás ver una especie de borrón. Pues eso es tu bebé.

Miré, siguiendo las indicaciones del médico y allí estaba. La mayor sorpresa que había tenido en mi vida. La verdad es que estaba un poco emocionada, lo que provocó que unas lágrimas salieran inconscientemente de mis ojos. Me las sequé rápidamente puesto que no me gustaba la idea de que alguien me viera llorar, y agraciadamente fue antes de que el atractivo doctor me viera.

-Normalmente las mujeres que atiendo suelen llorar en esta parte del proceso.

-Digamos que ella no va a ser una madre normal, dijo mi madre que miraba atentamente la pantalla a punto de llorar.

Tras constatar mi mirada fija en su nuca, añadió:

-En el buen sentido.

Tras terminar esta última frase, rompió a llorar como nunca antes la había visto.

-Mamá, estás llorando de alegría o es que estás borracha.

-No estoy tan borracha como para llorar.

Acto seguido me abrazó. Parecía que mi madre, después de todo, tenía su corazoncito.

-Doctor, interrumpí, como no me saque eso ahora, la que va a llorar soy yo.

El doctor se apresuró y tras cambiarme, dimos por terminada la cita. Al salir, vimos a mi padre en el coche. Había estado esperando todo el tiempo. De camino a su encuetro:

-Mamá, ¿Tienes una cita con el doctor?, dije de broma.

-Oh, por Dios hija, ¿No te has dado cuenta de que ese hombre era gay?

-Si te digo la verdad, lo estaba sospechando.

Eso me dio una grandísima idea: James.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Capítulo 13: La Sonrisa


Empecé la mañana escuchando un irritante ruido que se repetía una y otra vez. En efecto, se trataba del despertador. Intenté pararlo con fuertes manotazos pero no funcionó. Era la alarma del móvil. En primer lugar tuve que desbloquearlo y luego ya pude desactivarla. A continuación, miré el reloj: eran las ocho de la mañana de un segundo lunes. Tras abrir la ventana, salí hacia la cocina a desayunar pues el hambre me podía. Me serví unos exquisitos bollos, que sinceramente no sabía de dónde habían salido, y una buena taza de café con leche. Mientras saciaba mi apetito, James salió de su habitación. Parecía que añoraba más la cama que yo. Terminé de comer y, ya vestida, cogí el coche para ir al trabajo. Esta vez llegué puntual, sin prisas ni agobios, sólo aburrimiento. Después de dar las clases matutinas, hicimos una pausa de unos quince minutos, durante los cuales me dediqué a darle la noticia a Adriana y a llamar a mi queridísimo ginecólogo para concertar una cita. Logré una al terminar las clases. Si os estabais preguntando sobre la reacción de mi compañera, os informaré de que no estuvo muy contenta ya que se enteró de que no estaba casada, es más ni siquiera sabía quién era el padre. Ya terminadas las eternas clases, me puse en camino hacia la consulta del médico. Por el camino me llamaron tanto mi madre como James, pero les hice caso omiso: era una buena conductora.

-¡Circe!

Me llamaban para pasar al despacho de la tortura. Al entrar comprobé que el anciano que debería estar en aquella silla no estaba. Tan sólo había un atractivo hombre, en muy buena forma física que llamaba mi atención como no habían hecho en años. Esto parecía el comienzo de una película porno, salvo por lo del embarazo.

-Bien, Circe, cuéntame que te pasa, me dijo el apuesto médico.

Me quedé atolondrada, pero pude responder un minuto después bajo la mirada desconcertada del hombre.

-Pues… el otro día descubrí que estaba embarazada… y bueno, quería saber el estado del bebé.

-¿De cuándo está?

-De más o menos un mes

-Perfecto, pues quítese los pantalones y túmbese en la camilla, añadió con una sonrisa complaciente.

Eso me hizo pensar mal. ¿Y si era un pervertido peor que el anterior? Por muy bueno que estuviese no debería dejarme hacer tan rápidamente. Es por eso que estoy en esta situación.

-¿No vamos un poco deprisa? Podríamos esperar a la próxima cita médica…

Me miró sorprendido. Luego relajó la expresión.

-Vaya, ¿Marido celoso?

-¿Marido? No, no, no… Estoy soltera.

-Entonces es que te cuesta abrirte.

-De eso nada. Créame, es muy abierta de piernas, dijo una voz tras de mí. Con ese comentario sólo podía tratarse de mi madre.

Me giré hacia ella:

-¿Se puede saber cómo me has encontrado?

-Una amiga que está en la sala de espera me llamó para decirme que estabas aquí, me apartó con el brazo. Hola, encantada, me llamo Luisa, dijo sonriente al médico.

-Lo mismo digo. Oiga, ¿Ustedes son parientes?

Ambas asentimos, mi madre más sonriente que yo.

-Soy su hermana, informó mi madre.

-Más bien madre, corregí.

jueves, 4 de octubre de 2012

Capítulo 12: Contactos


Ya terminada la cena nos metimos en el coche, de vuelta a casa. Cuando entré por la puerta, James estaba solo: no había ni rastro de José. Por un lado me sentí aliviada, pero por otro estaba en una especie de obsesión: Tenía que encontrar al padre del niño. Me senté junto a James, que como siempre, estaba en el sofá y móvil en mano, miré mis contactos en la agenda. Daba gracias de que fuera lo suficientemente ordenada como para borrar los números de teléfono de mi aparato que tuvieran más de un mes de antigüedad. Me provisioné, luego, de un bolígrafo y un bloc de notas y comencé a escribir nombre, apellido (quien lo ponía) y número.

-Vale, entiendo lo que estás haciendo, me dijo James. Pero ¿No será mejor saber de cuánto estás antes de buscar al padre? Si no estarás dando palos de ciego.

Mierda. Tenía razón. ¿Cómo iba a saber quién era el padre si no sabía la fecha? Es más, si estuviera embarazada de más de un mes… ¿Cómo iba a buscar una persona en una ciudad de unos siete millones de habitantes, suponiendo que no hayan huido del país? Esto se volvía cada vez más complicado e iba perdiendo la esperanza.

-¿Pido una cita con el ginecólogo?, concluí.

Tan sólo asintió y añadió:

-Pero no ahora, son las diez de la noche.

-En ese caso me voy a dormir.

Tras besarle en su despejada cabeza me dirigí a mi habitación.

-Que durmáis bien, dijo desde su posición.

Tras lavarme y ponerme el pijama, me tumbé en la cama. No podía dormir. Todo esto me superaba. Era prácticamente imposible que un diminuto ser estuviera creciendo dentro de mí, me parecía irracional. Una sonrisa se dibujó en mi rostro ante la idea de no estar sola, ahora que James estaba en una estúpida relación. Pero ¿Y si yo estuviera en una relación? ¿Estaría igual de asustada o me sentiría segura? Por mucho que lo negara, necesitaba a alguien que estuviera a mi lado en todo momento, que me quisiera y al que importara. No me quejaría si mi vida fuera como una comedia romántica. Definitivamente, debía encontrarle: a su padre biológico y a su futuro padre. Por él. Por mí.

Inconscientemente, mi mano hacía ligeros círculos sobre mi vientre y mi boca se torcía aún más, formando una sonrisa mucho más amplia. No podía abortar, ni darlo en adopción. Quizá fuera por las hormonas, pero me sentía más feliz y tonta que nunca. Además, tener algo que dependía de mí me hacía sentir bien, e incluso, responsable. Era mío.

Capítulo 11: En blanco


Todos y cada uno de los clientes del restaurante se quedaron mirando. Para apartar sus miradas y que volvieran a sus menesteres, mi madre soltó:

-¿Se puede saber qué están mirando? Ni que no hubieran visto nunca a una mujer embarazada.

Aunque siendo un poco antipática, la contestación que les dio fue suficiente para lograr su propósito. Luego se dirigió a mí:

-¡Enhorabuena, cariño! Si te soy sincera, hubo un tiempo en el que creía no iba a ser abuela, pero estaba equivocada.

-Felicidades cariño, se limitó a decir mi padre, posando su mano en mi hombro y dedicándome una sonrisa debajo de su espeso bigote.

-Santiago, tú tan soso como siempre, le dijo mi madre. Bueno, ¿Y desde cuando lo sabes?

-Pues… Desde hace unas horas, respondí.

-¿De cuánto estás?

-Emmm… Ni idea, le dije con otro trozo de carne en la boca.

-Cariño, no hables con la boca llena. Bueno, ¿Qué más da? ¡Voy a ser abuela!

Vaya, sinceramente no había esperado esa reacción por parte de mis padres. Es más, había pensado que me iban a regañar por ser madre tan joven. Pero parece que la gente cambia o incluso maduran. Aunque no pensaba hacerlo con mi vida. De nuevo imágenes de bebés arrugados y apestosos me vinieron a la mente. ¿De verdad iba a tener al niño? Todavía no me lo había pensado, seguramente el aborto o incluso la adopción sería lo mejor para mí y para el niño. Cuando volví al mundo real, tan sólo oía a mi madre hablar sin cesar. Una voz grave se elevó, cortando así la femenina:

-¿Y quién es el padre?, preguntó el mío.

Mi mente quedó en blanco. ¿Quién era el padre? No tenía ni idea. Sentía cómo la sangre huía de mi cara, dejando un rostro blanco como la nieve.

-No me digas que no lo sabes, proclamó mi madre.

Lo único que hice fue negar con la cabeza. Tenía que pensar en la forma de encontrar al padre del bebé como fuera. Iba a ser difícil, ya que no disponía de un altavoz como en la sala de niños perdidos de los centros comerciales, pero, al menos tenía que intentarlo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Capítulo 10: El Grito


No pude pensar nada más. Mis ojos echaron un vistazo al cuarto de baño y terminaron por posarse en James. Seguía sin moverse un ápice. Empecé a reír, sin razón aparente. Bueno, tenía una buena: el  miedo de James, que era, sin duda alguna, superior al mío. Mis carcajadas se volvieron histéricas al pensar una cosa: ¿Cómo iba a decírselo a mis padres? Eso era una muy buena pregunta a la que yo no tenía respuesta. Antes de nada, tenía que estar lista para la cena, por lo que me levanté y me arreglé el maquillaje, aunque no hubiera hecho falta. El timbre sonó. Era la hora. Fui a abrir la puerta a mi madre con determinación.

-¡Hola mamá! Llegas tarde, venga vámonos, le dije de carrerilla.

La empujé para que se diera prisa y no paré hasta que estuvimos dentro del coche.

-Hola, cariño, me saludó mi padre.

Ya en el restaurante, sentados en una elegante mesa, comenzamos a hablar. Las preguntas, como si de un interrogatorio se tratase, me bombardearon cuando, en lugar de pedir una bebida alcohólica como de costumbre, elegí un refresco.

-¿Por qué no te pides agua, ya que  estás?, me preguntó mi madre. Anda, cógete una cerveza de las buenas, que hoy invita tu padre.

-No, estoy bien así, contesté.

Mi padre, tras ese extraño suceso, se limitó a mirarme como solía hacer con los sospechosos cuando aún trabajaba en la policía. Esa mirada me aterraba y me había aterrado siempre. Desde pequeña, me hacía confesar cada acto no consentido por él. Así fue cómo, tras mudarme de casa de mis padres, me desmelené y empecé por fin a sentirme completamente libre. Aunque, estaba científicamente demostrado, que cada acto tenía una consecuencia (que me lo pregunten a mí).

-Déjame adivinar lo que te ha pasado, soltó mi madre pensativa. Tienes una amiga en coma etílico y no quieres acabar así, negué con la cabeza. Te has despertado esta mañana con un hombre gordo y feo, negué. Ahora tienes intolerancia al alcohol, negué. A saber dónde iba a llegar esto. Bueno me rindo, dijo finalmente.

Mi padre no había movido un solo dedo. Me estaba preocupando. Tenía que decirlo antes de que mi padre lo adivinara. Pero, ¿Cómo lo hacía? De repente el camarero apareció con los primeros platos. La verdad es que el restaurante era bueno: habían traído la comida en un tiempo record. ¡No! No había tiempo para pensar en el restaurante, tenía que decírselo. Pero el olor del solomillo llagó a mis fosas nasales y además tenía muy buena pinta… cuando me quise dar cuenta, ya tenía un enorme trozo del exquisito manjar en el paladar. Mi padre, desvió la mirada hacia mi madre y comenzó a abrir la boca:

-Luisa…

-¡Estoy embarazada!, le interrumpí.

Mi madre se quedó mirando hacia mi dirección y luego, una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. A continuación soltó un grito de emoción.

lunes, 1 de octubre de 2012

Capítulo 9: El fin es un ¿Comienzo?


Me estremecí ante la idea. Pero no podía ser. Me negaba rotundamente. Debía mantener la calma, no era la primera vez que me pasaba. Ya me he llevado este tipo de sustos más de una vez y siempre habían sido falsas alarmas. Me levanté apoyándome en el váter y llamé a James, que no dudó un segundo y se presentó ante mí. Le miré, un poco asustada y captó rápidamente el mensaje. Desapareció y a los pocos segundos ya tenía en mi poder  un test de embarazo. Me sonrió para alentarme y acto seguido me besó la frente. Cerró la puerta del baño tras de sí, dejándome sola ante lo que más temía. Debía pensar en positivo o, simplemente, dejar de pensar. Hice lo que debía con el palito y me senté a esperar. Recordé cómo me sentí por el primer susto de este tipo: me llegué a hacer a la idea de tener un enano por casa, yendo de un lado para otro y cayéndose sin parar. Pero esta vez, en lugar de tener pensamientos que trataban del lado bueno de la situación, me venían imágenes de críos llorando, arrugando la cara, chillando por los rincones, que vomitan, cagan y mean apestándolo todo a su paso. ¿Cómo podía haber gente que buscaba eso en su vida? Nunca lo entendía, ni nunca lo entenderé. Pero la primera vez que creí estar embarazada, estaba con James e imaginaba una vida juntos, cuidando de un bebé que aunque no fuera de él, querría igual. Eso era bonito e incluso creíble pero ahora ¿Tendría que cuidarlo sola? Seguramente ya que José estaba de por medio. O quizá James se volcaría tanto en mí que olvidaría a su estúpido novio y viviríamos felices de nuevo.

Miré el reloj de pulsera. Ya habían pasado unos minutos y me dispuse a ver el resultado. Mierda. Dos barritas rojas se habían dibujado. Mierda. Mierda. Mierda. No podía ser. Salí pitando, casi temblando, a mi habitación y cogí otro test. Debía de ser un error. Tenía que ser un error. Volví lo más rápido posible al baño. Volví a hacerme el test. James entró sin llamar y me encontró impaciente, mirando la hora cada instante. Me puse de frente a él y le enseñé el test positivo. Se quedó impactado, tan blanco como la nieve, si su tez lo hubiera permitido. Había llegado la hora de la verdad. Bueno, la segunda, pero no por eso menos importante. Lo miré con determinación y en ese mismo momento, me derrumbé emocionalmente. Mis músculos, antes tensos, se dejaron caer como si fabricados de goma estuviesen. Mierda. Miré a James con cara sorprendida y entendió la totalidad de mi mensaje. Y aunque parezca mentira, él estaba más asustado que yo. Sólo pude llegar a una conclusión: adiós diversión y despreocupación, hola maternidad y pañales sucios.