jueves, 4 de octubre de 2012

Capítulo 11: En blanco


Todos y cada uno de los clientes del restaurante se quedaron mirando. Para apartar sus miradas y que volvieran a sus menesteres, mi madre soltó:

-¿Se puede saber qué están mirando? Ni que no hubieran visto nunca a una mujer embarazada.

Aunque siendo un poco antipática, la contestación que les dio fue suficiente para lograr su propósito. Luego se dirigió a mí:

-¡Enhorabuena, cariño! Si te soy sincera, hubo un tiempo en el que creía no iba a ser abuela, pero estaba equivocada.

-Felicidades cariño, se limitó a decir mi padre, posando su mano en mi hombro y dedicándome una sonrisa debajo de su espeso bigote.

-Santiago, tú tan soso como siempre, le dijo mi madre. Bueno, ¿Y desde cuando lo sabes?

-Pues… Desde hace unas horas, respondí.

-¿De cuánto estás?

-Emmm… Ni idea, le dije con otro trozo de carne en la boca.

-Cariño, no hables con la boca llena. Bueno, ¿Qué más da? ¡Voy a ser abuela!

Vaya, sinceramente no había esperado esa reacción por parte de mis padres. Es más, había pensado que me iban a regañar por ser madre tan joven. Pero parece que la gente cambia o incluso maduran. Aunque no pensaba hacerlo con mi vida. De nuevo imágenes de bebés arrugados y apestosos me vinieron a la mente. ¿De verdad iba a tener al niño? Todavía no me lo había pensado, seguramente el aborto o incluso la adopción sería lo mejor para mí y para el niño. Cuando volví al mundo real, tan sólo oía a mi madre hablar sin cesar. Una voz grave se elevó, cortando así la femenina:

-¿Y quién es el padre?, preguntó el mío.

Mi mente quedó en blanco. ¿Quién era el padre? No tenía ni idea. Sentía cómo la sangre huía de mi cara, dejando un rostro blanco como la nieve.

-No me digas que no lo sabes, proclamó mi madre.

Lo único que hice fue negar con la cabeza. Tenía que pensar en la forma de encontrar al padre del bebé como fuera. Iba a ser difícil, ya que no disponía de un altavoz como en la sala de niños perdidos de los centros comerciales, pero, al menos tenía que intentarlo.

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