Todos y cada uno de los clientes del
restaurante se quedaron mirando. Para apartar sus miradas y que volvieran a sus
menesteres, mi madre soltó:
-¿Se puede saber qué están mirando? Ni que no
hubieran visto nunca a una mujer embarazada.
Aunque siendo un poco antipática, la contestación
que les dio fue suficiente para lograr su propósito. Luego se dirigió a mí:
-¡Enhorabuena, cariño! Si te soy sincera,
hubo un tiempo en el que creía no iba a ser abuela, pero estaba equivocada.
-Felicidades cariño, se limitó a decir mi
padre, posando su mano en mi hombro y dedicándome una sonrisa debajo de su
espeso bigote.
-Santiago, tú tan soso como siempre, le dijo
mi madre. Bueno, ¿Y desde cuando lo sabes?
-Pues… Desde hace unas horas, respondí.
-¿De cuánto estás?
-Emmm… Ni idea, le dije con otro trozo de
carne en la boca.
-Cariño, no hables con la boca llena. Bueno, ¿Qué
más da? ¡Voy a ser abuela!
Vaya, sinceramente no había esperado esa
reacción por parte de mis padres. Es más, había pensado que me iban a regañar
por ser madre tan joven. Pero parece que la gente cambia o incluso maduran. Aunque
no pensaba hacerlo con mi vida. De nuevo imágenes de bebés arrugados y
apestosos me vinieron a la mente. ¿De verdad iba a tener al niño? Todavía no me
lo había pensado, seguramente el aborto o incluso la adopción sería lo mejor
para mí y para el niño. Cuando volví al mundo real, tan sólo oía a mi madre
hablar sin cesar. Una voz grave se elevó, cortando así la femenina:
-¿Y quién es el padre?, preguntó el mío.
Mi mente quedó en blanco. ¿Quién era el
padre? No tenía ni idea. Sentía cómo la sangre huía de mi cara, dejando un rostro blanco como la nieve.
-No me digas que no lo sabes, proclamó mi
madre.
Lo único que hice fue negar con la cabeza. Tenía
que pensar en la forma de encontrar al padre del bebé como fuera. Iba a ser difícil,
ya que no disponía de un altavoz como en la sala de niños perdidos de los
centros comerciales, pero, al menos tenía que intentarlo.
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