domingo, 2 de diciembre de 2012

Capítulo 18: El Hambriento Dilema


Un increíblemente fuerte ruido de unos tacones invadió la sala que estaba sumida en un plácido silencio. El sonido se paró a mi lado. Giré levemente la cabeza y vi una chica, más o menos de mi edad, alta, morena, más pintada que una puerta y con un escote que hacía que la vista se me desviara. Esas dos que se asomaban tenían que ser operadas porque si no, el azar era muy injusto. Tina se secó las lágrimas y saludó a la acoplada con un fuerte abrazo. Luego me presentó:

-Arya, te presento a Circe, es una amiga de toda la vida de Mirio.

-Encantada, me dijo tendiéndome la mano y embozando una sonrisa de caballo. Nunca había visto unos dientes tan enormes.

-Lo mismo digo, respondí con una sonrisa menos exagerada que ella.

Arya se desplazó hasta Mirio y le besó. Me quedé boquiabierta. ¿Y esas libertades? Tina me miró y viendo mi cara sorprendida me susurró:

-Arya es la mujer de Mirio. Se casaron poco antes del accidente. Vaya luna de miel están pasando.

-Entiendo, en realidad no entendía nada. ¿Y cuánto has dicho que llevan casados?

-Tres semanas, respondió la mujer.

-Lo siento mucho, fue lo único que se me ocurrió decir por no arrancarle la cabeza de los hombros.

¿Que era su mujer? Qué más me daba a mí eso. Yo era la madre de su hijo. Eso tenía que ser más importante para él. ¿Estás casado? ¡Pues pide el divorcio, que no es nada nuevo! En cambio no puedes dejar de ser padre. Nunca. Mis tripas rugieron por el hambre.

-Si me disculpáis, voy a la cafetería. Hasta luego, les dije falsamente sonriente.

Salí de la habitación, enfurecida. ¡Cuando vino conmigo ya estaba prometido! ¿Cómo se atrevía a hacerme esto? En realidad tan sólo tenía que decirle a su mujercita que estaba embarazada de él, montaríamos un complot contra él. Era muy sencillo, pero… de lo dicho a lo hecho hay un buen trecho. Y además, estaba casado, destruiría una bonita relación. Aunque, mirándolo desde otro punto de vista… ¡Mi hijo vale mucho más que una simple relación! Tenía que dejar de pensar en ello, en ellos y comenzar a pensar en mí y en el enorme bollo de chocolate que me iba a meter entre pecho y espalda.

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