-Perdone, ¿La conozco?, pregunté extrañada.
-¿Es que no te acuerdas de mí? Soy Tina, la
madre de Mirio. Jugabais juntos cuando erais pequeños.
Una luz se encendió en mi mente. Era imposible.
¿De verdad me había acostado con él? Era todo un logro por mi parte. Para que
me comprendáis, os contaré una pequeña historia.
Erase una vez, una niña que tenía un mejor
amigo. Se conocían desde siempre y jugaban todos los días. Más que amigos, eran
hermanos. Pero, un día, la madre de la niña se enfadó mucho con la madre del
otro que provocó una desgracia: la distanciación de los niños. Cuando fueron
mayores, coincidieron en el mismo instituto pero ya no se hablaban. Ella, al
verlo en su día a día, acabó enamorándose de él, pero por su falta de seguridad
en sí misma, no se atrevía a acercarse a hablarle. Ella, con la autoestima por
los suelos a causa de llevar gafas, aparato dental y tener un ligero sobrepeso,
jamás pudo confesarle sus sentimientos. Esa era la historia de mi vida, por lo
menos en el instituto. Parece ser que el destino te depara sorpresas cuando
menos te las esperas.
-¡Vaya, Tina! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal todo?
No pronunció palabra, tan sólo se escucharon
sollozos por su parte.
-¿Tina? ¿Qué te ocurre?
-Ven al hospital La Princesa, en Diego de León,
dijo con la voz quebrada.
Acto seguido colgó. Fui directa a mi cuarto y
cogiendo ropa al azar me vestí y salí por la puerta. James se ofreció a
llevarme pero como ya sabía, nunca había sitio para dejar el coche. Cogí el
metro. Cuando llegué, en la pequeña puerta de urgencias, había una señora, en
la que el tiempo dejó su sello. Tenía un cigarro en la mano y lágrimas en los
ojos. Sin duda, era Tina. Me acerqué a ella y le di un abrazo. Rompió a llorar.
Me estaba preocupando. Y mucho.
-¿Qué ocurre? ¿Le pasa algo a Mirio?
Me cogió del brazo. Me llevó a través de
salas de espera llenas de gente, cruzamos pasillos, cogimos el ascensor y finalmente entramos en una habitación con
dos camillas. En una de ellas, encontré a mi amor platónico. Tenía vías
intravenosas por todos lados, tubos, máquinas… Tan sólo de verle el corazón se
me hizo trizas. No logré que ni una sola palabra saliera de mi boca, pues mi
cerebro estaba intentando asimilar tal desgracia. Conseguí lanzarle una mirada
de preocupación, sorpresa y lástima a Tina.
-Tuvo un accidente de coche, dijo sorbiéndose
la nariz. Está en coma desde hace tres semanas.
Unas gotas saladas se deslizaron por mis
mejillas. Me invadió el miedo de que fuera el padre de mi bebé y que no
despertara de aquel sueño tan profundo. Algo dentro de mí me aseguró de que era
su progenitor. Ya no podía creer otra cosa. Era él.
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