domingo, 18 de noviembre de 2012

Capítulo 17: Jirones


-Perdone, ¿La conozco?, pregunté extrañada.

-¿Es que no te acuerdas de mí? Soy Tina, la madre de Mirio. Jugabais juntos cuando erais pequeños.

Una luz se encendió en mi mente. Era imposible. ¿De verdad me había acostado con él? Era todo un logro por mi parte. Para que me comprendáis, os contaré una pequeña historia.

Erase una vez, una niña que tenía un mejor amigo. Se conocían desde siempre y jugaban todos los días. Más que amigos, eran hermanos. Pero, un día, la madre de la niña se enfadó mucho con la madre del otro que provocó una desgracia: la distanciación de los niños. Cuando fueron mayores, coincidieron en el mismo instituto pero ya no se hablaban. Ella, al verlo en su día a día, acabó enamorándose de él, pero por su falta de seguridad en sí misma, no se atrevía a acercarse a hablarle. Ella, con la autoestima por los suelos a causa de llevar gafas, aparato dental y tener un ligero sobrepeso, jamás pudo confesarle sus sentimientos. Esa era la historia de mi vida, por lo menos en el instituto. Parece ser que el destino te depara sorpresas cuando menos te las esperas.

-¡Vaya, Tina! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal todo?

No pronunció palabra, tan sólo se escucharon sollozos por su parte.

-¿Tina? ¿Qué te ocurre?

-Ven al hospital La Princesa, en Diego de León, dijo con la voz quebrada.

Acto seguido colgó. Fui directa a mi cuarto y cogiendo ropa al azar me vestí y salí por la puerta. James se ofreció a llevarme pero como ya sabía, nunca había sitio para dejar el coche. Cogí el metro. Cuando llegué, en la pequeña puerta de urgencias, había una señora, en la que el tiempo dejó su sello. Tenía un cigarro en la mano y lágrimas en los ojos. Sin duda, era Tina. Me acerqué a ella y le di un abrazo. Rompió a llorar. Me estaba preocupando. Y mucho.

-¿Qué ocurre? ¿Le pasa algo a Mirio?

Me cogió del brazo. Me llevó a través de salas de espera llenas de gente, cruzamos pasillos, cogimos el ascensor  y finalmente entramos en una habitación con dos camillas. En una de ellas, encontré a mi amor platónico. Tenía vías intravenosas por todos lados, tubos, máquinas… Tan sólo de verle el corazón se me hizo trizas. No logré que ni una sola palabra saliera de mi boca, pues mi cerebro estaba intentando asimilar tal desgracia. Conseguí lanzarle una mirada de preocupación, sorpresa y lástima a Tina.

-Tuvo un accidente de coche, dijo sorbiéndose la nariz. Está en coma desde hace tres semanas.

Unas gotas saladas se deslizaron por mis mejillas. Me invadió el miedo de que fuera el padre de mi bebé y que no despertara de aquel sueño tan profundo. Algo dentro de mí me aseguró de que era su progenitor. Ya no podía creer otra cosa. Era él.

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