La cafetería estaba a rebosar. Sólo quedaba
un asiento libre, por lo que me apropié de él lo más rápido que pude. Cuando me
quise dar cuenta, estaba compartiendo mesa con un hombre de pelo blanco, con
alguna que otra arruga tan profunda como un cráter, bien afeitado y vestido con
un polo negro de marca. Me recibió con una sonrisa.
-Hay más gente que en la guerra ¿eh?, me
dijo.
-Eso parece, respondí con una sonrisa. ¿Te
importa compartir mesa?
-En absoluto. Me llamo Amadís, por cierto. Me
tendió la mano.
-Circe. ¿No soy la única que tiene un nombre
poco convencional o acaso estoy con el famoso Amadís de Gaula?
-Más bien lo primero, no soy tan viejo como
el caballero. Digamos que mi padre era una versión de Don Quijote. Calló unos
segundos. ¿Cuál es tu escusa?
-Era el nombre de mi abuela. ¿Me guardas el
sitio? Necesito comida, si no empezaré a devorar cerebros.
Tras una leve risotada, asintió. El hambre
había provocado que mis tripas rugiesen de tal forma que casi parecían hablar. Pedí
el bollo más grande que había en la barra y volví con mi acompañante. Estuvimos
hablando un buen rato, incluso después de acabar con el antojo. Amadís estaba
en el hospital ya que su hijo estaba en coma.
-Estoy muy preocupado, pero sé que saldrá adelante.
Es muy fuerte, me dijo.
Miré el reloj. Pensé que ya era hora de irse.
-Se me ha hecho tarde, dije finalmente
-Yo debería volver con mi hijo. Despertará de
un momento a otro.
Nos despedimos con dos besos y me dirigí
hasta mi coche. Durante el camino, no pude dejar de pensar en lo agradable que
era Amadís.
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