Ante la presión que ejercía sobre mí la
constante mirada del taxista, le miré con una sonrisa ligeramente falsa para
buscar el más mínimo ápice de humanidad (A parte de la del olor del taxi) para
que me perdonara los dos míseros euros que me faltaban. Puso los ojos en blanco
y cogió el dinero que sostenía en la mano.
-No te vas a librar de mí tan fácilmente, me
informó, pienso cobrarte lo que todavía me debes.
-Vale, respondí, indiferente. Me parecía un
poco injusto para él: no iba a volver a verle nunca.
El conductor siguió su camino. Cuando miré la
entrada del edificio estaba vacía. Miré a los tres tontos que aún quedaban a mi
lado y les advertí:
-¿Qué demonios hacéis que no estáis en clase?
Ale, andando.
Me miraron confundidos.
-Pero si usted está aún aquí.
-Eso no viene a cuento, yo soy la profesora y
tengo derecho a llegar tarde. En cambio vosotros sólo sois marionetas del
colegio que tienen que llegar a su hora. Así que a clase u os expulso.
Se quedaron atónitos y se quejaron en voz
baja, pero conseguí que me dejaran en paz.
Me dirigí a la sala de profesores para
asegurar mi llegada y que no me descontaran este día en el sueldo. Pero el
director tenía ganas de charla y no parecía de muy buen humor como me dijo
Adriana. ¡Por Dios que no me despidan! Aunque un movimiento inesperado me pilló
por sorpresa: me puso la mano en el hombro.
-¿Qué tal está tu madre?, me preguntó.
¿Mi madre? ¿Qué le pasaba a mi madre? Un
momento… Adriana. Esa chica no sabe mentir y menos aún inventarse una buena
excusa por mi desaparición durante la mañana. Tenía que averiguar qué le había
dicho, pero como estaba en clase no pude preguntarle. Tan sólo podía hacer una
cosa: seguirle la corriente.
-Mejor, dije con un aire triste.
-Sé que es muy duro, pero tienes que
superarlo. Tenía que pasar tarde o temprano. Si quieres tómate el día libre, yo
te sustituiré.
Vale, esto no me gustaba nada. Pero nada de
nada. ¿Tarde o temprano? Eso sonaba a…
-Disculpe, pero ¿Qué le ha dicho Adriana?, me
atreví a preguntar.
-Pues que tu padre ha… bueno ya sabes…
-Alto, alto, alto, alto… Mi padre no ha
muerto, me apresuré a decir, es más, voy a cenar con él esta noche.
-Que no está… Entonces, ¿Por qué no has
aparecido esta mañana?
Me quedé paralizada. No sabía qué decir. Ya
me advirtió de que la próxima vez que me retrasara sin un motivo aparente me
despedía.
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