jueves, 27 de septiembre de 2012

Capítulo 4: Marionetas


Ante la presión que ejercía sobre mí la constante mirada del taxista, le miré con una sonrisa ligeramente falsa para buscar el más mínimo ápice de humanidad (A parte de la del olor del taxi) para que me perdonara los dos míseros euros que me faltaban. Puso los ojos en blanco y cogió el dinero que sostenía en la mano.

-No te vas a librar de mí tan fácilmente, me informó, pienso cobrarte lo que todavía me debes.

-Vale, respondí, indiferente. Me parecía un poco injusto para él: no iba a volver a verle nunca.

El conductor siguió su camino. Cuando miré la entrada del edificio estaba vacía. Miré a los tres tontos que aún quedaban a mi lado y les advertí:

-¿Qué demonios hacéis que no estáis en clase? Ale, andando.

Me miraron confundidos.

-Pero si usted está aún aquí.

-Eso no viene a cuento, yo soy la profesora y tengo derecho a llegar tarde. En cambio vosotros sólo sois marionetas del colegio que tienen que llegar a su hora. Así que a clase u os expulso.

Se quedaron atónitos y se quejaron en voz baja, pero conseguí que me dejaran en paz.

Me dirigí a la sala de profesores para asegurar mi llegada y que no me descontaran este día en el sueldo. Pero el director tenía ganas de charla y no parecía de muy buen humor como me dijo Adriana. ¡Por Dios que no me despidan! Aunque un movimiento inesperado me pilló por sorpresa: me puso la mano en el hombro.

-¿Qué tal está tu madre?, me preguntó.

¿Mi madre? ¿Qué le pasaba a mi madre? Un momento… Adriana. Esa chica no sabe mentir y menos aún inventarse una buena excusa por mi desaparición durante la mañana. Tenía que averiguar qué le había dicho, pero como estaba en clase no pude preguntarle. Tan sólo podía hacer una cosa: seguirle la corriente.

-Mejor, dije con un aire triste.

-Sé que es muy duro, pero tienes que superarlo. Tenía que pasar tarde o temprano. Si quieres tómate el día libre, yo te sustituiré.

Vale, esto no me gustaba nada. Pero nada de nada. ¿Tarde o temprano? Eso sonaba a…

-Disculpe, pero ¿Qué le ha dicho Adriana?, me atreví a preguntar.

-Pues que tu padre ha… bueno ya sabes…

-Alto, alto, alto, alto… Mi padre no ha muerto, me apresuré a decir, es más, voy a cenar con él esta noche.

-Que no está… Entonces, ¿Por qué no has aparecido esta mañana?

Me quedé paralizada. No sabía qué decir. Ya me advirtió de que la próxima vez que me retrasara sin un motivo aparente me despedía.

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